Tras la decisión del presidente norteamericano Donald Trump de duplicar los aranceles de las importaciones de acero al que le fijó en un 50% y al del aluminio con un 20%. Esta medida provocó que las ya ásperas relaciones entre Ankara y Washington comiencen a resquebrajarse aún más.

El viernes pasado esta medida económica se hizo efectiva y junto a un combo de: 35% de pérdida de valor de la lira turca ante el dólar en los últimos ocho meses, un déficit comercial de un 6%, una inflación del 15%, una fuerte deuda externa en dólares y el creciente abandono de capitales especulativos ante la suba de las tasas de interés de bancos norteamericanos y que provoca que los inversores retiren su capital de mercados emergentes como el turco y se vuelquen hacia el dólar, el yen y el franco suizo.

Esta “tormenta” que se desató en el mediterráneo puede producir un contagio a las bolsas del mundo, las cuales abrieron la semana en baja, como es el caso de la bolsa de Tokio que cerró en un 1,98% negativo. Esto también afecta a los bancos europeos que tienen sede en Turquía y son poseedores de bonos en dólares de ese país como el BNP Paribas, UniCredit, ING y BBVA cuyas acciones se desplomaron un 3,9%.

Turquía geográficamente es un país estratégico en oriente medio además de ser miembro de la OTAN y haber servido a los intereses de EE. UU. Su presidente, Recep Tayyip Erdogan había logrado una estabilidad que le permitió crecer el año pasado un 11,1% más que China que lo hizo en un 5,9%.

Su ministro de finanzas, Berat Albayrak luego de anunciar un paquete de medidas económicas para detener el desplome de su moneda frente al dólar decidió inyectar u$s 6.000 millones para garantizar la liquidez de los bancos. Esta situación comenzó a precipitarse en junio pasado cuando el presidente Erdogan intentó controlar la economía a través del Banco Central y frenar la creciente fuga de capitales, entre ellos los inversores del banco holandés ABN Amro que salieron a vender sus liras y cambiarlas por dólares, a pesar de que los bancos turcos aumentaron notablemente sus tasas de interés.

Erdogan acusa abiertamente de esta crisis a una conspiración de occidente y piensa que se debe a que su país ha acogido a millones de refugiados provenientes de Siria. Cree que esta situación fue provocada artificialmente para perjudicar al pueblo turco.

Además de ser un tema económico, ya que podría provocar un “corralito”, la suspensión de los pagos de los créditos en euros y en dólares y entrar en un default, también es un tema político. Trump viene reclamándole al gobierno turco desde hace meses que liberen un ciudadano estadounidense que se encuentre encarcelado. Se trata de un pastor de Carolina del Norte, Andrew Brunson, residente en Turquía y que fue acusado con cargos de terrorista y espía y por el cual la fiscalía pide una condena de 35 años. Lo turcos aseguran que el norteamericano tuvo relación con el clérigo islámico Fethullah Gullen, que se encuentra exiliado hace más de 15 años en Pensilvania, EE. UU. Lo acusan de haber orquestado el fallido golpe organizado por un sector del ejército el 15 julio del 2016. Tras fracasar las negociaciones celebradas entre los dos países en Washington la semana pasada y tras que el presidente Trump amenazara con sanciones a Turquía si no lo liberan, dando un ultimátum que venció el miércoles pasado.

En un acto el sábado pasado Erdogan declaró: “Aquellos que no tomaron ni una sola medida contra la cobarde Fethullah Gulen a quienes albergaron en mansiones, no pueden darnos lecciones. No pueden usar el lenguaje de las amenazas y la extorsión contra la nación. Intimidar a esta nación no los llevara a ningún lado”.