A la luz del candil

Guillermo Carlos Delgado Jordan*

Nuevamente el conjuro ha sido desatado y los espectros nos rondan en la casa. Alguien los ha invocado, ha pronunciado las palabras ocultas del libro y ya nos sobrevuelan. Y es que los fantasmas, por esencia, no pueden ser exterminados. Se adhieren al moho de las paredes, duermen solitarios y callados en el hueco de los ladrillos, se aferran a la transpiración del cielorraso…, y allí aguardan, expectantes, vigilantes, a arrasar nuevamente la escena.

Ilustración Eduardo Gonet

Lo maravilloso de su entidad es que el efecto que generan es, asimismo, el que logra convocarlos. Las viejas palabras sajonas del poema del odio, redactadas en una lengua tan muerta como lo son ellos, solo pueden ser leídas por aquellos seres presos del miedo, del terror, del rencor. El común de los mortales ni siquiera conoce acerca de su existencia, de su presencia cual antigua cantiga, en la solapa del añejo libro de los sortilegios. Si en un descuido el ejemplar cayera en sus manos, sus páginas solo reflejarían el blanco de su textura, pues para esperar a su presa deben ocultarse de los nigromantes que buscan cazarlos y condenarlos al exilio.

Pero ahora, nuevamente, han sido liberados y nos sobrevuelan llenando de nauseabundo azufre el entorno. Es sorprendente cuan sencillo es congregarlos, que simple citarlos y que tan dificultoso deshacerse de ellos y apartarlos. Y aunque el tiempo de su presencia sea breve, su semilla germina fácilmente enclavando con fiereza sus raíces en el humus de la animadversión.

Los compendios de la memoria tienen plagados sus folios de momentos como estos, pero la afabilidad del ocio se aferra a sus tapas como las telarañas a los rincones oscuros de la casa; si así no fuese, no existiría el abono que desata su permanente regreso, su reiterado suplicio, su tributo al tormento.

Recuerdo de niño su postrera presencia, el espanto y la parálisis…, su destrucción. Como me cubría bajo las mantas buscando alejarme de su existencia. Es que la puerilidad te conduce a creer que aquello que no ves…, no te encuentra. Por eso me dispenso, porque mi candor me llevaba a ocultarme, a no contemplarlos. Pero hoy se que si no los veo, es porque no lo deseo, porque lo elijo, porque empiezo a asemejarme a mis pesadillas.

No soy un hechicero. No poseo sus artilugios. Mi único embeleso es el recuerdo. Por eso solo resta que sople y desempolve los libros de la memoria, que dirija la luz de mi candil a sus amarillentas hojas y las divulgue: son la panacea que combate las viles ánimas.


* Guillermo Carlos Delgado Jordan (Buenos Aires, 1967) Docente, escritor, historiador e investigador. Obtuvo numerosos premios y menciones en concursos literarios tanto en el país como en España y México. Es coautor de “La sangre de Bolívar en Bolivia” (Bolivia – Ed. Kipus – 2016) de género histórico y escribió la novela de Ciencia Ficción “Globótika (Libro I) La Revolución de los Sueños” (Argentina – Ed. Peces de Ciudad – 2017 y reeditado en 2018). También ha participado en antologías y uno de sus cuentos ha sido adaptado y publicado como historieta por la editorial  Perro Gris. Colabora en numerosos portales como Agencia Timón y Noticias La Insuperable.