Año nuevo de los pueblos originarios: nada para festejar

Por Adolfo Quiroga ·

El común de los mortales, la noche del 31 de diciembre, prepara la mejor comida y en cantidad abundante, para recibir en el minuto cero del día siguiente, al Año Nuevo. La familia se nuclea en una gran mesa, y cuando el reloj indica “las 12”, todos levantan sus copas deseando paz, prosperidad y felicidad para el nuevo ciclo que empieza. Pero seis meses después de ese acontecimiento casi mundial, un grupo de argentinos, algunos en el crudo invierno del mes de junio, y otros en la desolación del monte, festejan otro tipo de año nuevo. Ellos son los primeros habitantes de estas tierras: Los pueblos originarios.

En la franja andina, pegado a la cordillera, los antiguos dueños de las flechas, festejan el “Inti Raymi”, también conocido como el año nuevo inca. Un poco más al sur, en las heladas tierras de Chubut, Neuquén y Rio Negro, los mapuches conmemoran el “We Tripantu”. En el noreste del país, abrazados por un tibio sol, los Wichi danzaran esperando el “Oka Nek’Chiam” también conocido como la algarrobada. Estas, y otras comunidades, festejan a su manera, la manera ancestral, el año nuevo. Es una fecha especial que indica un nuevo periodo climático, ligado al mapa del cielo y la tierra, no a un almanaque. Y coincide, horas más u horas menos, con el 20 de junio, día del solsticio de invierno en el hemisferio sur. Pero en estas fiestas de su año nuevo 2018, ellos no tuvieron nada para festejar, su oración en el amanecer de esa noche, la más larga del año, solo fue una plegaria pidiéndoles a sus dioses protección y amparo ante el olvido y el desprecio a los que son sometidos.

Siempre se ha intentando eliminar a los pueblos originarios utilizando diversas armas, como por ejemplo hacer desaparecer sus lenguas, anular sus ritos y creencias, dividir el sistema de parentesco, desarticular su modo de organización social, o simplemente despojarlos de su tierra. Hoy el proceso de aculturación y exterminio de los pueblos originarios, trae una nueva estrategia, que se suma a las ya tristemente conocidas, y quizás llega un tanto más macabra: Romper el vínculo familiar y comunitario para desmembrar a sus integrantes haciendo que estos migren y se radiquen en zonas marginales en algunos casos de extrema pobreza. ¿Cómo? Privándolos de derechos esenciales como acceso a la educación, vivienda, salud, y el tan preciado bien llamado agua. Una vez instalados en otros lares, trataran de mantener su identidad cultural y étnica a costa de ser discriminados por su condición. En muchos casos, caerán en manos de los vicios, las adicciones y la delincuencia.

El alma de este plan recargo, es la falta de relevamiento sobre las necesidades de las 1600 comunidades individualizadas en el censo del año 2010, lo que permitiría entre otras cosas, regularizar la situación de titularización de tierras y propiedades de las comunidades relevadas. En el año 2006 se sanciono la Ley 26.160 denominada Ley de Emergencia Territorial, la cual suspendía por el término de tres años, la ejecución de sentencias y desalojos, y todo acto procesal o administrativo elaborado para sacar de su tierra a los pueblos originarios. Si bien es cierto que la ley en su redacción es un tanto incompleta ya que no contempla la devolución de tierras, es un primer paso para elaborar estrategias conjuntas entre los diversos organismos aborígenes y ONG’s, tendientes a rescatar las necesidades, valores y costumbres de aquellos primeros habitantes.

La ley tardo en articularse casi dos años y tuvo dos prorrogas durante su aplicación. La primera en el año 2009, y la segunda en el 2013. En ese período, comprendido durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Kirchner, fue que, sorteando innumerables inconvenientes geográficos que impedían el acceso a las distintas etnias, se relevo un 52% del país aborigen, individualizando con ello, las verdaderas necesidades de las comunidades, elaborando a partir de allí, políticas adecuadas a esa realidad. En los últimos tres años, la actividad de relevamiento ha sido prácticamente nula, y tuvieron que fallecer dos jóvenes en el sur del país, para que la actividad del relevamiento volviera a reactivarse.

Después de la trágica muerte de Santiago Maldonado en Chubut, en agosto del 2017, se relevo un 56% del total de la población aborigen en esa provincia. Esto produjo además, la tercera prorroga de la ley 26.160 decretada en noviembre del 2017 extendiéndose su aplicación hasta el año 2021. La segunda muerte que movió las estructuras administrativas de los organismos encargados de los relevamientos, fue el asesinato del mapuche Rafael Nahuel, en Rio Negro, en marzo de este año. Allí, los relevamientos llegaron a cubrir un 74% de la totalidad de habitantes de la comunidad a la cual pertenecía Rafael. Sin embargo, al día de hoy, aun quedan provincias como La Rioja, Corrientes, San Luis y Catamarca, donde todavía no ha llegado ningún funcionario del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas, organismo al cual por ley, se le encargara el relevamiento de las comunidades.

Los pueblos originarios siempre fueron un obstáculo para los grandes terratenientes y capitalistas, muchos de ellos extranjeros, a la hora de adquirir nuevas tierras, y ante la resistencia de esos pueblos al brutal desalojo de los que les pertenecía, fueron tildados de muchas maneras: comunistas, terroristas, anti patrias, golpistas. Hasta de “nuevos colonizadores chilenos”, ya que muchos sospechan que parte de los mapuches que viven en suelo argentino, solo buscan adueñarse de nuestra tierra ya que provendrían del país trasandino. Todo tipo de desmanes o delitos que suceden en los alrededores de las comunidades aborígenes, se les adjudicaban a ellos, con un slogan que se repite en todos los ámbitos de la realidad actual: “la culpa siempre es de otro”. La aplicación plena de la ley y un total relevamiento del todo el territorio que habitan los pueblos originarios, permitiría no solo saber las necesidades de cada lugar, sino saber quién es quién en cada comunidad. Ellos simplemente quieren quedarse allí donde nacieron sus padres, sus abuelos, el primer hombre que surco este suelo. Ellos también son argentinos viviendo en una patria federal, y deben ser escuchados.