Aprender de Neuquén

Por Gaston Garriga*

Una elección, dos disputas. Una elección es primero una disputa por los votos pero luego, enseguida, una disputa por la instalación de la lectura dominante de los resultados. La primera es la más importante porque de ella dependen las cuotas de poder que se obtienen, pero la segunda no puede subestimarse ni abandonarse. Tiene peso simbólico e incide en la opinión pública.

En el caso neuquino, quedó clarísimo que el gran ganador fue el MPN y el gran perdedor, Cambiemos, al punto de que candidatos de otros distritos se bajan para ahorrarse la paliza. Equidistante de ambos, la performance del peronismo unido dejó un sabor innecesariamente amargo, debido a la infundada ola triunfalista de los días anteriores. Corresponde a las autoridades provinciales del PJ y jefes de campaña chequear si en las encuestas hubo impericia, si algún gorila metió la cola, si algún propio las infló deliberadamente o si en el último tramo parte del electorado de Cambiemos optó por un voto útil y netamente antiperonista para evitar la victoria de Rioseco.

Se requiere un esfuerzo importante para derrotar a un oficialismo. La cancha de la política suele estar inclinada a su favor. Vale para todos ellos, pero en especial para uno con ADN peronista, sesenta años de experiencia y regalías petroleras. La ingenuidad -o su gemelo el triunfalismo- son hoy pecados capitales.

La fe antiperonista, a prueba

Todo invita a pensar que la ideología antiperonista, en su versión más pura, está recuperando su fanatismo, más propio de cruzados medievales que de democracias modernas. Si ellos se perciben como “el bien absoluto” ( “la mafia del bien”, diría Jorge Asís), entonces en su cosmovisión el peronismo -y con él los populismos regionales provenientes de esa familia- es su contracara, el demonio, la perdición, el pecado, el infierno y todo lo que podamos agregar en esa línea.

Algo de esto ya se insinuó en el penoso discurso presidencial de apertura de sesiones. Sin salida de la crisis a la vista, con el trillado discurso anticorrupción malherido por el tándem D’Alessio- Stornelli- Santoro, muestra perfecta del lawfare o relaciones carnales entre inteligencia, justicia y medios, al gobierno sólo le queda la carta del “voto abnegado”.

Se trata de una forma de pensamiento mágico, de raigambre muy pero muy cristiana. La idea del sufrimiento terrestre como condición necesaria para acceder al paraíso, la idea del sacrificio como camino hacia la salvación tienen un peso y una tradición importante en nuestra cultura y por eso mismo son un clásico de la derecha, desde “hay que pasar el invierno” hasta “estamos mal pero vamos bien”.

Pero son relativamente fáciles de desmontar. En primer lugar, porque esto es política y economía, no religión. Los esfuerzos deben articularse en una estrategia y con un fín último, cosa que el presidente no explica, no sólo por su limitada oratoria, sino porque no los tiene. Su plan se reduce a tratar de dominar el dólar, aunque últimamente ni eso logra. La historia argentina demuestra que cuando estamos mal, vamos peor.

Hay algo peor que un necio o un burro: un hipócrita. Los que nos demandan sacrificios y nos tratan de vagos o flojos son los que ganan con cada devaluación, los que hacen diferencias obscenas con las tarifas de servicios. Siguiendo la comparación bíblica, son los fariseos, los mercaderes que hacían negocios incluso en el templo. Hasta que Jesucristo, recordemos, los echó.

Lo que viene: pensar con audacia

“La unidad es necesaria pero no suficiente”, declaró Alberto Fernández con el resultado recién difundido. No fragmentar el voto propio es casi la primera regla para lograr una oferta electoral competitiva. Pero eso no resuelve el dilema de cómo interpelar y convencer al votante  independiente.

“Hay que hacer algo más”. Sí, ¿pero qué? Una respuesta posible es una campaña molecular, es decir, el entusiasmo popular de las tres semanas transcurridas entre octubre y noviembre de 2015 -“la campaña que hizo el pueblo”-, pero con una orgánica y tres años de conocimiento, análisis y experiencia.

*Licenciado en Comunicación (UBA), Posgraduado en Comunicación Política (FLACSO), miembro fundador de Grupo Nomeolvides.

Fuente https://gastongarriga.com