Comer, el anti-valor

Por Hugo Muleiro

La interpretación mediática del resultado electoral de agosto y las proyecciones para octubre dan primacía a un encasillamiento: quienes votaron por la oposición lo hicieron por la crisis económica, por lo material, por los precios de la góndola; quienes votaron por el oficialismo dieron en cambio más importancia a unos “valores”. Lectura binaria, maniquea y, como siempre, funcional al poder.

Los medios y columnistas que tanto hicieron para desgastar al gobierno en ejercicio hasta 2015, para promover la figura de Macri y para consagrarlo después como presidente ya habían asumido, antes del 11 de agosto, que el desastre económico causado por las políticas gubernamentales iba a tener un gran peso en las urnas.

Consideraban en disputa, en cambio, la interpretación sobre el desastre, que ocultaron cuanto les resultó posible, aunque estuviera impactando día por día en las familias argentinas. Uno de los argumentos más repetidos en espacios oficialistas, como Clarín, La Nación e Infobae, es que el primer “gran error” de Macri fue no haber expuesto con claridad la “herencia recibida”, como si la ciudadanía no hubiera sido bombardeada hasta el hartazgo por estos mismos propaladores.

El segundo fue no haber hecho el ajuste con el que las minorías dominantes sueñan desde siempre y que intentan una y otra vez desde que se les vino encima el hecho maldito, el peronismo: pulverizar al Estado, reducirlo a su mínima expresión y dejar el campo libre para adueñarse de los recursos, en mínima porción para las élites locales y en la parte principal para conglomerados internacionales sin rostro.

Entonces, decía este relato oficialista, la realidad se impuso: los “mercados” golpearon al país en 2018, con una devaluación arrasadora. El macrismo no fue eficiente, escribían cuando tomaban envión para deslizar alguna crítica, y no supo administrar esa crisis. Pero había posibilidades: se señalaban esperanzas de recuperación, se sobredimensionaban índices de algunos sectores, magros y parciales, en el intento de imponer la idea de una salida ya a la vista.

Fue un diseño editorial que llegó a la desmesura, con la fantochada del viernes 9 de agosto, otra encuesta con resultados falsos que causó euforia en los “mercados” porque daba a Macri con posibilidades de triunfo. Títulos a toda página para sostener y realimentar la manipulación.

La derrota en las urnas forzó la publicación de explicaciones que no estaban preparadas. Tras descargar todas las responsabilidades en encuestadoras cuyas mentiras habían publicitado sin chistar, los medios pasaron a tipificar a la mayoría electoral: unos y otros, una y otra vez, publicaron que esa mayoría votó con el bolsillo, por imperio de necesidades materiales, desprovista de cualquier otra capacidad para interpretar la realidad.

Quedaron en minoría los defensores de “valores” supuestamente representados por el macrismo: transparencia, institucionalidad, lucha contra la corrupción. Se deslizó la idea de que este votante, del que se sugiere que también padece la crisis, sacrifica su suerte personal y familiar por la “república”, por unos “valores” atribuidos con insistencia al oficialismo.

Lo que subyace en este relato grotesco es que aquella mayoría resolvió votar “corruptos” con tal de tener para comer. La subvaloración y el ocultamiento de las consecuencias destructivas del hambre y la desnutrición, o en todo caso la indiferencia hacia ello, es el paso previo para enunciar y repetir esta sospecha condenatoria.

Por supuesto que cualquier investigación consistente, o incluso una indagación superficial, demostrará el peso ostensible de la crisis económica en el resultado electoral. Pero la cuasi criminalización de quienes respaldaron a la oposición apenas disimula rasgos oligárquicos permanentes: rancio antiperonismo, la calificación del otro como incapaz de observar una realidad compleja. Casi su negación como sujetos sociales pensantes y capaces de racionalizar: “votaron con el bolsillo”.

Es posible, sí, que una parte significativa del electorado del oficialismo haya votado en agosto convencido de que Macri y su gobierno estuvieron dotados de unos “valores” que se contraponen a los de otras fuerzas. Tal vez lo crean honestamente porque sus medios no les informaron suficientemente del asalto al Correo Argentino, de las cuentas en el exterior, de los negociados con autopistas y líneas aéreas y, sobre todo, no les permitieron tener siquiera idea aproximada de que el casino cambiario y financiero en el que fue convertido el país tiene entre sus beneficiarios locales -en verdad los más modestos, comparados con los internacionales- a la casta que en 2015 copó el poder político.

Tal vez ni siquiera sepan que nunca nadie vio los tan mencionados “cuadernos” y que un juez, un fiscal, espías, legisladores y periodistas operan con unas fotocopias para intervenir en campaña electoral y para propiciar negocios multimillonarios, desplazando a muchos de los empresarios que competían por la obra pública para imponer a otros, los estadounidenses en primer lugar.

Pero, en cuanto a los electores de la oposición, los medios propaladores del macrismo expresaron a medias lo que el candidato a vicepresidente Pichetto dice a toda voz: odio de clase, insultos a los pobres, desprecio por su condición.

Esta estrategia no puede permitirse una pregunta inevitable: ¿cuál sería el virtuosismo de un modelo político-económico que hace pasar hambre a millones de personas? ¿Dónde estarían los tales “valores”? Esta pregunta no es admisible en la estrategia porque la respuesta es más que obvia: las minorías obtienen sus privilegios de la desigualdad, su capacidad de acumulación y concentración aumenta proporcionalmente con el incremento del padecimiento humano, como lo demuestran estadísticas internacionales.

Y la consecuencia lógica de este relato es el desprecio, más sutil o más grosero, hacia quienes eligen comer y sacrifican “valores republicanos”: a un pasito de afirmar que votaron por el choripán.

Gentileza: Comunicadores de Argentina