Diego y los doscientos cuarenta y tres soldaditos de plomo

Diego y los doscientos cuarenta y tres soldaditos de plomo .

Relato de Tres de cada nueve mujeres son felices. Peak-a-Boo narrativas

*Ingrid Proietto @ingrid_proietto

           En el noticiero lo afirman: me tiene cautiva hace novecientos sesenta minutos. Es increíble el tiempo que dedican algunos para hacer cálculos absurdos. Dice el periodista que mi vida corre peligro, pues en esta oficina hay una caja fuerte con mucho dinero y yo sé la combinación. Le piden al cronista que no entorpezca el accionar policial, pero él argumenta con convicción inquebrantable que nosotros permanecemos aislados de cualquier realidad. Raro, porque yo lo escucho perfectamente y, como si fuera poco, lo veo: ahí está, a sus anchas… Sentadito y mirándome fijo sin saber a quién mira, se relame ante las cámaras dichoso de tener show para toda la semana. El televisor está en el salón que compartimos desde hace novecientos sesenta minutos y, por más seriedad periodística que irradie el peladito del noticiero, seguimos con corriente eléctrica y el sonido llega tan claro que empiezo a preguntarme cómo haré para adivinar la clave del tesoro que acaban de inventar.

Me dice su nombre al oído, Diego, y promete que nada pasará, que si le digo la clave compartiremos los ahorros de mi jefe. Yo no quiero ni un centavo de ese miserable, aunque podría contar hasta el detalle más insignificante de su estúpida vida, jamás me confió la llave del tesoro.

Diego no insiste, se excita observándose en la tevé sorprendido por los segundos que tarda en llegar a la pantalla el reflejo de su cuerpo asomado a la ventana.

Contemplo con cierta serenidad el operativo dispuesto. Doscientos cuarenta y tres efectivos se movilizan. Doscientos cuarenta y tres contra uno.

Diego tiene catorce años y nada que perder. En cambio yo, la mujer que eligió al azar para estirar su agonía, lo perderé todo si alguno de los doscientos cuarenta y tres se deja ganar por la ansiedad.

Debería estar en casa. Si mi jefe me hubiera dado el franco como corresponde, en este momento estaría mirando el espectáculo recostada en mi sillón favorito.

Pero no siento miedo, Diego no me va a matar. Lo que me aterroriza es saber que si corro la cabeza del blanco los doscientos cuarenta y tres soldaditos estratégicamente situados acabarán con él.

Diego no tiene idea, no tiene culpa, no tiene nada. Maneja el control remoto con la misma liviandad con que apoya su revólver en mi sien y aprieta suavemente el arma mientras su otra mano dispara la botonera: lo excita su carita repetida en todos los canales y me examina hasta confirmar que soy la que aparece junto a él.

Van catorce horas y tomo conciencia, harán cualquier cosa para evitar el papelón. Si tienen que acribillarnos, no lo pensarán dos veces. Le digo a Diego que se tranquilice, que nada va a pasarle, que no mueva mi cabeza, que no deje libre el blanco. Está claro, no es posible disparar sin dispararme: Diego ahora es mi rehén, su vida pende de la rectitud de mi cabeza. Concentro la idea, no dejaré que se suicide ni que me aleje de su cuerpo: estoy delante de él y vuelve a empuñar el caño sobre mi sien.

El especialista del informativo asegura que Diego robó treinta mil pesos en el estudio contable del octavo piso.

_Si hubiera treinta mil te llevaría conmigo, se ríe Diego.

Yo usaría ese dinero en un montón de cosas. En un viaje, por ejemplo. Ir lo más lejos posible de Diego y de su batallón que juega al poliladron haciendo foco en mi frente. También compraría un auto para alejarme de este operativo dispuesto a matar para salvarme. Diego, en cambio, no piensa en viajes ni autos, sueña en voz alta y dice que cuando logre escapar comprará todas las pizzas que se le ocurran y unas buenas zapatillas. Dios mío, semejante operativo, mi vida supeditada a la puntería de un oficial con delirios de halcón por unas zapatillas de cuarta. Alguien debería enseñarle a desear a Diego.

Diego anuncia que va a violarme, pero no sabe cómo tiene que hacer, dónde debe gatillar. Es virgen, no sabe de sexo ni de violencia. Diego no sabe y asoma peligrosamente su cabeza por delante de la mía para gritar a los muchachos que las cosas se están poniendo complicadas.

Ya son dieciocho horas de privación ilegítima de mi libertad, sin embargo espero pacientemente que todo pase. Diego, en cambio, no espera que pase nada. Estoy segura, la policía no permitirá que anochezca: preparan un final feliz con un disparo eficaz, directo a la carita de Diego.

Me dedicarán la ofrenda. No, gracias, no dejaré que me lo maten encima, desde chica soy impresionable a la sangre en cualquiera de sus expresiones. Le pido que gatille, pero Diego no comprende: con los teleobjetivos estudian sus movimientos, si no jala la horquilla, si el tambor no gira, el capitán Halcón interpretará que no hay peligro. Así lo explicaron en el programa especial en vivo y en directo desde la toma de rehenes del estudio contable. Cómo no lo escuchó si en este bendito país no hay quien hable de otra cosa. ¿Es que sólo le preocupan sus zapatillas?

Yo sé que Diego no quiere disparar, acá los únicos ávidos de sangre son los soldaditos. Escuchá lo que te digo, Diego, nos van a sorprender por la espalda. ¿No oíste al tipo de la tele? Advirtió que están revisando los planos del edificio para ver por dónde entran. Cuánto despliegue ridículo, qué planos necesitarán para entender que  se entra por la puerta. Diego no estudió ni el barrio y acá estamos, con doscientos cuarenta y tres delirantes que justifican derrumbes y perforaciones como si yo tuviera tiempo para perder, realmente creen que esto es una película y ellos son los buenos.

Cómo puede ser, si Diego ya se iba… Con la plata del octavo se compraba un conteiner lleno de nikes. Pero la secretaria, siempre tan afecta a meterse dónde no la llaman, pulsó la alarma. Desde que colocaron los dispositivos que le tenía ganas… La guacha disparó la chicharra, total ella estaba a salvo. Así cualquiera es valiente. Yo la conozco bien: es de las que nacen para heroína.

 ¡Qué mala suerte! Diego venía bajando la escalera cuando escuchó la alarma. Entonces vio mi puerta entornada y se mandó. Viejo inútil, blinda la puerta y después le da pereza cerrarla. Se juntaron el hambre y las ganas de comer. Siempre lo dije, la secretaria ejecutiva y mi jefe andan en algo, se coordinan para alterar la paz.

Diego no tiene nada que perder. En cambio, estos justicieros de plastilina, sí. Pero no quiero que pierda Diego, no quiero perder. Sinceramente, si yo fuera él habría disparado hace rato.

Diego declaró la guerra. Dos ejércitos y un botín. Él y un revólver sin balas contra el ejército de los doscientos cuarenta y tres soldaditos de plomo. Perdido por perdido, ¿qué detiene a Diego? Si me odia, por qué no dispara.

El botín lo tiene Diego. Yo soy el botín, soy de Diego y él me odia. Dieguito es malo, juega con su navaja porque no sabe jugar a otra cosa. Ahora me corta y sangro más de lo necesario, pero no te asustes, Diego, no es más que un raspón.

Los vecinos se amontonan frente al edificio. Suplican orden y reclaman justicia. ¿Por qué no van al cine que están las entradas sacadas y yo no llego?

El cronista se hace eco de la voz del pueblo y mientras se calza un saco prestado para dar su reporte exclusivo, se horroriza por la sangre derramada que trasmitirá en directo dentro de breves segundos. ¿Cuánto más breve que un segundo podrá ser un segundo?

_Es sólo un raspón, le repito a Diego que sigue asustado por el color de mi sangre televisada.

El reportero suda, necesita un desenlace antes de que su cuarto de hora termine. Si Diego no me mata ahora, lo acribillarán demasiado tarde, cuando el turno del cronista haya acabado. No importa quién, pero si alguien va a morir que sea cuando la continuidad informativa lo favorezca.

Me pregunto qué sería bueno para Diego, que lo atrapen es lo mejor para todos. Le digo que quiero ayudarlo, pero no me cree. Yo tampoco creería si fuera Diego.

 _No te miento, tenemos que correr. Si no escapamos, el lunes será igual. ¿O creés que el viejo me va a dar el día libre?

Diego cierra la ventana y me lleva frente a la caja fuerte para que confiese la combinación. No me voy a poner a convencerlo de que no la sé, así que arriesgo un número. Los soldaditos se desesperan, avanza el enemigo. Diego prueba una vez, marca los dígitos de mi teléfono celular y el tesoro se abre. No, si el jefazo iba a ser original para pensar una clave secreta. ¿Es que todo lo resuelve marcando mi teléfono?

 El sonido de las botas golpeando contra el piso, retumba. Es verano, pero el uniforme no concibe alternativas. Hay soldaditos en cuatro manzanas a la redonda, relata el cronista dispuesto a entregar el saco. La tropa se acerca para terminar de una vez con la televisación en cadena nacional. Cincuenta y dos puntos de rating, más que Argentina-Inglaterra del Mundial 86, refriega las manos el señor de las noticias.

_Dispará a la tele, sugiero, y le pido el revólver, pero Diego no entiende. ¡No entendés nada, Diego! Se enoja, encima se enoja, como si la culpa fuera mía. Le explico, si hay algo que no pierdo nunca es la paciencia, así que le explico:

_Mi padre es juez, Diego.

Pero el pibe no me cree… Y lo bien que hace; si mi papá fuera juez, yo no estaría trabajando en esta oficina de cuarta.

_ ¿Sos sordo, nene?, lo están diciendo en todos los noticieros: soy la hija ¿entendés? Dame el arma, Diego. Nadie le va a disparar a la hija de un juez de la nación.

Tomo por la espalda a Diego, le exijo que abra la puerta mientras apoyo el caño sobre su sien. Enfrentamos a una cámara de televisión que logró meterse en el edificio y le damos para adelante. Un oficial parecido a Poncharello ordena que los soldaditos bajen las armas. No entiende por qué querría yo dispararle a Diego, pero recibió una orden y la acata.

Es tanto lo dicho por los peladitos televisados que ya nadie sabe nada, como Diego. La situación es confusa, van a terminar creyendo que Diego es hijo de juez y yo, chorra. ¡Qué país! Le pido a Diego que se quede tranquilo, que nada irá a pasarnos, que no mueva la cabeza, que no deje libre el blanco. Camino con el arma y la frente bien en alto, mi otro brazo rodea el suave cuello de Diego.

_Vamos, lo animo.

 De frente a la cámara, jalo el gatillo. Cuando gira el tambor, Diego tiembla.

_Nada va a pasar, susurro, y por fin me cree.

Pero no sé de tambores y se me dispara el arma. Sucia la bala, revienta la cabeza de Diego. “Poncharello” no sabe cómo contener a sus fieras para que no abran fuego y lo rematen.

Todavía respira, pobrecito.

_ ¿Te duele?

Diego suspira y dice que todo está bien.

_Nada va a pasarnos, repito como una letanía.

Entonces, el jefe del operativo grita que arroje el arma. Diego se abraza al botín y yo lo entrego.

*Narradora y periodista. Publicó  Son las armas del general (Nusud, 1992), Tres de cada Mujeres son Felices (Peak-a boo-narrativas, 2013), Honrarás a tu madre (Ediciones del Dock, 2017) y algunos de sus relatos fueron publicados también en México y España.