DR. Jekill, el capitalista y Mr. Hyde, el financiero

Por Lic. Alejandro Marcó del Pont *

El capitalismo está mutando, pero esta mudanza no aplica a una mayor justicia social, ni a una mejor distribución del ingreso, sino todo lo contrario. La alteración de su fisonomía, como en el caso de doctor Jekyll y Mr. Hyde, no nos orienta a una persona pequeña que enseña los limitados defectos de sus miserias, sino que nos presenta una idea de desmedida inequidad.

El economista Alejando Nadal, en su último artículo, “Mutaciones del capitalismo”, se pregunta ¿hasta dónde puede mutar el capitalismo sin que se convierta en un sistema social distinto? La pregunta puede parecer extraña, porque estamos acostumbrados a pensar que el capitalismo solamente es capaz de cambiar radicalmente como por una crisis o una revolución. Es menos común pensar en esos cambios graduales, de tiempo lento, que poco a poco transforman la esencia de un objeto hasta desfigurarlo y convertirlo en algo irreconocible.

Las bases de la metamorfosis tienen que ver con dos fuerzas de dimensiones históricas, los salarios y las finanzas. Pero, por sobre todo, el sistema financiero se ha integrado a nivel mundial de manera tal que, junto con los fondos de inversión, han logrado monopolizar la acumulación de riqueza generada, así como la absorción de los excedentes, tanto mundiales como particulares en cada país.

Veamos este diagrama un poco más de cerca. Desde hace un tiempo, los gurúes económicos mundiales están comenzando a debatir sobre los posibles escenarios de una nueva crisis mundial de las magnitudes del 2008, pero con menores grados de libertad para contrarrestarla, sobre todo, por el exiguo poder de fuego de los bancos centrales y los gobiernos en general, dado los niveles extremos de endeudamiento existentes, consecuencias de la última crisis.

Los organismos internacionales en general han coincidido con la retracción de varios indicadores. El recorte de las previsiones de crecimiento a nivel mundial, cuyas más recientes mediciones rozan la recesión técnica (lo cual se entiende como dos trimestres consecutivos de caída del PBI); este es el caso de Alemania, Gran Bretaña, Francia e Italia, que no logró esquivarla. Un significativo parate para Estados Unidos y Japón, y persiste la caída de China.

En base a estas reducciones, y la guerra comercial americana-china junto con sus sus posibles consecuencias, permiten vislumbrar expectativas del comercio mundial decepcionantes con pronósticos reservados. La combinación de ambos indicadores, retracción mundial y caída del comercio, nos guiaría, sin dudas, a la reducción del precio de los commodities en general, y del petróleo en particular, según la EIA (Energy Information Administration).

Si a esta atmósfera le sumamos el interrogante de la tendencia de la tasa de beneficios, la ecuación se deteriora aún más. La rentabilidad de la inversión está dando muestras de agotamiento, y sin inversión no hay solución. Si bien en Estados Unidos la tasa de rentabilidad se mantuvo alta, lo realizó solo por el impulso de los recortes de impuestos a las grandes empresas o fortunas implementados por el gobierno de Trump, y se estima que sus efectos pueden terminar en 2019. No sólo se detecta el fin de su avance, sino la ausencia de la política fiscal en el mundo en general, que no sea para sostener los beneficios de los beneficiados.

Lo cierto es que las empresas modernas no tienen que invertir en activos físicos, esta es una de las mutaciones capitalistas, ahora lo hacen en intangibles (patentes, derechos de propiedad, software, etc.). Durante mucho tiempo, para mantener la rentabilidad se utilizó, y se utiliza, la política salarial. Distribución del trabajo mundial, de procesos, donde existieran mayores márgenes de beneficio. De hecho, desde los años setenta, en la mayoría del mundo el salario se ha estancado, como muestra el cuadro de OCDE.

El salario, según Nadal, ha dejado de ser la principal referencia para la reproducción de la fuerza de trabajo. Hoy, el crédito se ha convertido en instrumento clave para asegurar la regeneración de la clase trabajadora y para mantener su nivel de vida.

Y, quizás, aquí se encuentre uno de los eslabones esenciales de la hegemonía de poder, las deudas.Para los asalariados el crédito actúa como contención de la degradación del poder de compra, y se transforma en deuda. Aquí hay un doble golpe contra el bolsillo de los trabajadores. Por un lado, el estancamiento salarial y por otro la extracción de los beneficios financieros de las deudas.

Pero la deuda ha alcanzado niveles alarmantes, no solo en los consumidores, sino también en los Estados y las corporaciones. Los Estados han rescatado al sistema financiero en 2008, y de ahí en más los niveles de endeudamiento son tan altos que restringen cualquier posibilidad de iniciativa estatal. Aun y con tasas de interés cercanas al cero, son mínimas las posibilidades de generar excedentes para impulsar la economía, con el peso de grandes deuda. Además, en la batalla cultural se ha impuesto que los gobiernos son malos y que no se puede tocar a los mercados. Hasta la mismísima Europa ha impuesto un discurso que, de acuerdo con Ha-Joon Chang, de la Universidad de Cambridge: “Estamos en el peor de los mundos. ¿De qué teoría económica sale el déficit fiscal tiene que tener de techo un 3%?”

El pago de los intereses generados por las deudas son tan altos, aun y con tasa bajas, pero en crecimiento, que arrojan a los gobiernos a quitar lo más exiguos beneficios sociales para poder cumplir. Por lo que las políticas activas quedan fuera del menú. Pero a este escenario poco divertido hay que agregarle las deudas corporativas que muestra el cuadro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) (https://goo.gl/Rs8xZh)

La deuda global, en forma de bonos corporativos emitidos por las compañías no financieras (empresas comunes), ha alcanzado niveles record de casi 13 mil billones de dólares, el doble del monto que existía antes de la crisis del 2008. En castellano significa que la deuda emitida por las empresas es demencial.

Las compañías, ante los hechos de un freno en la economía mundial y en el caso de una recesión, tienen un grado de apalancamiento que pondría en riego la capacidad de poder afrontar sus deudas, lo que eliminaría la inversión y amplificaría la recesión. La incapacidad gubernamental y social de realizar otro rescate, tanto por peso social como por estrechez financiera, multiplicaría los riegos.

Si no recuperamos el control sobre el sector financiero nada va cambiar, dice Ha-Joon Chang, en una entrevista del periódico conservador El País (https://goo.gl/ZfHsXp), y con justa razón. La deuda global –la pública y la privada juntas– ha alcanzado un récord histórico de 182 billones de dólares, casi un 60% por encima de la registrada en 2007. Sin un banquero juzgado ni en prisión, al parecer, en vez de aprender de lo que nos pasó, estamos yendo al mismo lugar, pero esta vez con más peligro. Porque el capitalismo sí está mutando.