El colapso tan temido

Por Jorge Giles *

Las luces de alerta titilan en lo alto: la Argentina está próxima a caer en un nuevo colapso económico-financiero.

Lo dicen las revistas y los diarios más poderosos del mundo. Lo dice la OCDE. Lo dicen los analistas del mercado local. Lo dice el dólar que pega una trepada al galope como si se sacara toda la resaca del carnaval. Lo dice esa cruel y despiadada inflación que alambra día a día las góndolas del supermercado.

La Argentina marcha hacia el abismo, inexorablemente, con este modelo al que le quedan ya pocos agujeros en el cinturón del ajuste.

Y para peor de cuentas, Macri sigue cayendo en las encuestas, incluso las  que le son propias. No sirve ya ningún maquillaje. Ni golpear la mesa como De la Rúa. Ni gritar desaforado desde el palacio de las leyes.

Y para peor de cuentas, fueron sorprendidos en la madriguera cuando diagramaban secuestros, extorsiones y arrepentimientos, los que hasta ayer fueron presentados por servicios mafiosos y grandes medios de incomunicación, como santos inmaculados de la diosa justicia.

“¡Chorros de cuarta!” Grita y sintetiza sabiamente la hinchada en las tribunas.  

Ahora bien, el colapso más temido por el poder económico, ni siquiera es el que hasta aquí describimos como una pintura fresca del repetido fracaso neoliberal. El colapso tan temido es el que está sucediendo ahora mismo en las calles, con trabajadores de oficios varios y principalmente, con los maestros y las maestras que siempre anuncian cuando llega el día.

Entender la realidad argentina es entender el alma que anida en las escuelas, porque cuando ese alma sacude sus alas de tiza y pizarrón en rebeldía, es señal de largada para todos los sectores del amplio espacio que suele definirse como nacional y popular. Siempre fue así.

Los vientos de la historia indican que marzo será el mes donde todas las máscaras de esta pesadilla caerán por el suelo. Diremos algo más: la novedad social empieza a ser que “ya nos dimos cuenta de qué se trata”. Y eso equivale a decir que se acabó el miedo colectivo. Y se acabaron las mentiras.

La parte más dinámica y consciente de la sociedad sostuvo las banderas desde el arranque del gobierno. Resistieron, en multitud a veces y otras, en soledad. Pero hete aquí que ahora colapsó la paciencia de todas las muchedumbres porque colapsó el bolsillo familiar y entonces la nostalgia por la década feliz, se transforma aceleradamente en la posibilidad cierta de reconstruir los cimientos de un país más justo y soberano.

La Argentina es una patria que se mueve. Diagnosticaron mal quienes creyeron que “somos empanadas que se comen de un bocado”, como diría nuestro Libertador.

Al compás de la creciente unidad de millones de ciudadanos en torno a quien condujo los destinos del país con mayores porciones de soberanía y justicia social, Cristina Fernández de Kirchner, se agrieta el oficialismo a paso acelerado. La dialéctica de la historia, que le dicen.

La cadena de mandos se muestra frágil y a punto de romperse. Si ello ocurriera, si por ejemplo el centenario partido radical fractura la alianza Cambiemos, si ocurre la suma de derrotas electorales en las provincias como se vaticina, si no pueden sujetar ni al dólar ni a la inflación ni a la caída estrepitosa de la economía nacional, si el pulmotor artificial del FMI no llega a insuflar de oxígeno al plan neoliberal, si toda esta debilidad estructural se junta en un solo punto y colisiona a su vez con un pueblo decidido a marchar hacia el futuro, la Argentina real habrá pasado a la ofensiva en la larga marcha hacia un futuro mejor.

Que así sea.