El espectáculo de la “Pobreza cero”

Por Mauricio Giulietti

El proceso electoral de la argentina en el año 2015 presentó una novedad en términos de campaña y de triunfo. Luego de 12 años de un gobierno popular, la instalación como candidato del actual presidente Mauricio Macri fue una novedad en cuanto a contenido de campaña y en este sentido, tal cual lo plantea Debord[1], la realidad y la “verdad” se presentó como espectáculo. 

“Toda la vida de las sociedades en las que dominan las condiciones modernas de producción se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que era vivido directamente se aparta en una representación”.

“El espectáculo, comprendido en su totalidad, es a la vez el resultado y el proyecto del modo de producción existente. No es un suplemento al mundo real, su decoración añadida. Es el corazón del irrealismo de la sociedad real. Bajo todas sus formas particulares, información o propaganda, publicidad o consumo directo de diversiones, el espectáculo constituye el modelo presente de la vida socialmente dominante. Es la afirmación omnipresente de la elección ya hecha en la producción y su consumo corolario. Forma y contenido del espectáculo son de modo idéntico la justificación total de las condiciones y de los fines del sistema existente. El espectáculo es también la presencia permanente de esta justificación, como ocupación de la parte principal del tiempo vivido fuera de la producción moderna .

¿Cómo logró la alianza “Cambiemos” captar el voto de las provincias más tradicionales?.¿Qué fue lo que triunfó: la propuesta política o la novedad de una utopía plateada en un eslogan?

En este sentido, la campaña tuvo dos pilares fundamentales, por un lado la instalación de la palabra “Cambio” (en el sentido publicitario de lo novedoso, de mejorar) y por otro lado, del eslogan “Pobreza cero”.

Las promesas que el actual presidente planteaba instalaron la posibilidad de que lo imposible fuera, al menos durante la campaña, posible. ¿Quién no quiere una sociedad sin hambre? Pero al mismo tiempo modificó el sentido de la palabra “cero”, ya que cuantificó la pobreza y no sólo eso, sino que la redujo a una cifra que no tiene valor pero al mismo tiempo implica una eliminación; llevar algo a cero es eliminarlo y si se elimina ya no hay pobreza por lo tanto, el cero redunda.

La representación en términos literarios conlleva la necesidad de pensar, como en toda ficción, lo verosímil. En este sentido, la verdad se presenta en la ficción como “lo posible”, no como lo que sucedió sino como lo que “puede suceder”. Este concepto se pone en tensión cuando lo que no es posible aparece en el centro de la representación, como protagonista del espectáculo. Este concepto, al mismo tiempo, es creído, leído, escuchado y repetido por gran parte de la sociedad que votó no a un candidato sino a un eslogan .

El cinismo del eslogan se pone en evidencia tiempo después (sin ningún tipo de culpa por haber instalado una mentira) el presidente dijo: “sabíamos que era imposible”.

El cinismo aparece, entonces,  en escena para representar la negatividad de lo real en términos de posibilidad y para instalar lo que sería casi un deseo utópico que implica,  además,  un ejercicio de desvinculación,  ya que quien votó lo imposible más que responsable de lo que prometió puede excusarse de cierto nivel de “inconsciencia” que poseía lo enunciado.

También implica un desdoblamiento de quienes promovieron el eslogan,  que se vistieron además, con máscaras populares. Por ejemplo, para captar el voto más popular, dejaron los trajes y se pusieron a bailar cumbia, dejaron de viajar a Miami e inauguraron una estatua de Perón . Esta imagen renovada, insertada sobre lo cotidiano como algo extraño y familiar o familiar y exótico instala, en sí misma ,  la novedad, “lo nuevo” “ y la proyección de querer ser esa” revolución de la alegría” (otro eslogan). De este modo, al igual que en las publicidades, la imagen se instala como producto publicitario, y a su vez camuflada como novedad aparece la palabra “cambio”.

Esta novedad es lo vendible y lo comprable. Lo que se canjea. Lo que es negocio. No se negocia una realidad,  se negocia una mentira, algo que es tan imposible que se vuelve casi tangible para algunos. Es por esto, que el sentido común deja de actuar y domina no sólo la utopía, sino el complot del sentido común a esa utopía y a cualquier modo de reacción. 

Pero qué sucedió después. Qué sucedió hace un par de  semanas cuando la misma estrategia fue utilizada y Macri perdió. ¿Predominó la realidad? ¿Es posible que cuando hablamos de términos políticos, al igual que cuando compramos un producto, la mentira dura sólo hasta que la realidad domina?. ¿Es verdad que no sólo se gana con marketing sino con la necesidad de que esa espectacularidad tenga anclaje social, humano/real, que esa imagen que en un momento fue seductora, se agota (o agota), y pierde posibilidad de “venta”?.

No puedo responder esa pregunta pero si puedo decir que el espectáculo tiene un final. Ahora, ¿por qué cae el espectáculo?. ¿Cuándo el espectáculo termina, qué lo hace terminar, cerrar el telón?. La gente mira, de golpe, por fuera de todo espectáculo, no sólo el escenario sino detrás de él o incluso afuera del mismo. Entonces, el humano le gana al consumidor y rompe el pacto ficcional.


[1]    Debord Guy , “La sociedad del espectáculo” (1967)