Explotación infantil, corruptela y otras yerbas

Por Monica D’Assisi

Tierras fiscales ocupadas por colonos que traen la cultura de haber aprendido a trabajar y no a vivir; explotación infantil y trabajo en negro, son algunos de los temas que los argentinos de las grandes ciudades conocemos de oído.

Mientras tanto la producción yerbatera de la provincia de Misiones en la mira de la realidad: la especulación se suma a la carrera de la hipocresía, y cuando un kilo de cosecha de hoja de yerba mate es pagada a un promedio de $10 al tarefero, el consumidor final la abona aproximadamente $200 en un comercio.
Una cadena de comercialización desvirtuada por la indiferencia.

“Mientras haya un solo pobre en la Argentina no estará completo nuestro proyecto nacional, popular y democrático”. Esa fue una de las frases más significativas que pronunció la ex presidenta de la Nación Cristina Fernández durante el discurso de jura de su segundo mandato en el año 2011.

“Nuestro objetivo es llegar a pobreza cero y juntos lo vamos a lograr”
Repitió incansablemente Mauricio Macri durante su campaña política en 2015 y en los años consecutivos de haber ganado esa elección se alejó cada día más de lo propuesto. Para muchos esa promesa parece haber quedado entre los aplausos y la adulación pero muy lejos de la realidad.

En la localidad de Andresito, provincia de Misiones, la explotación laboral es moneda la corriente que alimenta su folcklore. Familias completas deben trabajar en la cosecha de yerba mate exponiendo a los menores a situaciones inimaginables y quitándoles la posibilidad de asistir a la escuela. “Si no comen no les da la cabeza para estudiar”, fue la respuesta de un explotador, dueño de un campo queriendo justificar lo injustificable.

A su vez, ellos son manejados por “organizadores” que conocen el proceso de producción y lo administran a su propia conveniencia, negociando con grandes empresas extranjeras instaladas como “confiables inversores”.

Sumado a ello, a la vera de la ruta, las tierras fiscales son un festín para los ocupas (muchas veces extranjeros) que se apropian y luego de un tiempo determinado por la justicia se les otorga la posesión y la pueden vender al mejor postor. Eso si, nada de esa venta le queda al gobierno. Mientras tanto en las grandes ciudades se desconoce esta realidad que dificulta la idea de estar cerca de una Argentina para todos.

Estos puntos no pueden ser “revisados” mañana. Decir “ayer” ya nos tiene en deuda con la sociedad. Un Estado presente mediante controles  serios, proyectos de pequeños establecimientos educativos o maestros en los campos donde cientos de familias trabajan podrían ser una respuesta positiva a la desigualdad y a la ignorancia . Mientras los padres trabajan en la cosecha, los chicos aprenden sin ser explotados ni abandonados a la buena de Dios.

A su vez, controles por parte del Estado eliminaría a los intermediarios que se benefician con el sacrificio de los trabajadores. No es tarea fácil romper con una estructura tan rígida pero quienes trabajamos por un proyecto de país donde los derechos de igualdad se conquistan y consolidan día a día no podemos pasar de largo ante semejante situación, transformándose en una obligación moral involucrarse .

El ser argentino es un sentimiento va mas allá de una escarapela y el futuro de nuestras conquistas dependen exclusivamente del grado de responsabilidad que estemos dispuestos a asumir. Esta actitud debe ser efectiva por respeto al futuro y a la memoria de quienes nos dejaron con su lucha la identidad de este suelo.