Había una vez un falso Inca

Por Adolfo Quiroga ·

Como todo cuento que empieza con “había una vez”, la historia que va a leer, tiene los condimentos de los cuentos fantásticos que empiezan con “Había una vez”. Verdad, mentira, mito, leyenda, intriga, traición, ficción, realidad, amor, odio, sufrimiento, ilusión, un final feliz o un incierto final. Pero, lo más importante, es que realmente, sucedió.

Había una vez dos historias que sucedieron en el túnel del tiempo con la diferencia de casi 400 años una de otra. Por un lado, un español, de nombre Pedro Chamijo, nacido en Sevilla en 1602, que llego al Alto Perú alrededor de 1620, otros afirman que fue en 1619. Delgado, de nariz aguileña, tez morena y anchas cejas, Chamijo parecía más un mestizo que un verdadero andaluz. España para aquellos años era una potencia en mar y tierra, y siempre partían naves en busca de nuevos rumbos para descubrir y conquistar lejanas tierras, y en una de ellas, se embarco el joven Pedro.

La otra historia, sucedió en Argentina, mejor dicho empezó en diciembre del 2015 con la asunción de Mauricio Macri a la presidencia del país. Hijo de un inmigrante Italiano, de gran habilidad para sobrevivir entre el gobierno militar de turno, y los empresarios de la construcción que pululaban alrededor del presidente de facto de aquel entonces con el afán de “agarrar” alguna obra. Con el tiempo, padre e hijo se convirtieron en poderosos empresarios del ladrillo y el cemento. Mauricio cumplió el sueño de muchos inmigrantes, se graduó de Ingeniero y con los años llego a la primera magistratura de la Nación Argentina. Todo un orgullo para su papa que arribo al nuevo mundo “con una mano atrás y otra adelante” como reza el dicho popular.

De regreso a la primera historia, cuenta la leyenda, que Chamijo vino a este noble suelo, un poco huyendo del viejo mundo ya que, les había mentido tanto a sus coterráneos con su lengua creativa y sus historias fantásticas, que ya no tenía lugar donde esconderse. Dicen que Pedro pasaba largas horas al borde de un acantilado con la mirada perdida en lo profundo del horizonte. Tal vez agudizando el ingenio o mirando desde lejos algún floreciente negocio que solo él podía ver en lo secreto de su mente. El otro motivo de la fuga, era su ambición desmedida por hacer dinero y si era fácil mejor.

Al poco tiempo de arribar a su nuevo hogar, al otro lado del charco, trato de convencer al Virrey, que en el sur, había una tierra rica en oro y joyas. Algo que había escuchado por ahí, lo termino convirtiendo en un emprendimiento económico, en una ilusión de pasar a la historia como el gran descubridor. Le pidió hombres y vivieres para llevar a cabo una expedición en busca de aquel botín, pero el Virrey, hombre desconfiado, se dio cuenta de que Pedro era un embustero y envió a su tropa para que le trajeran en bandeja la cabeza del osado aventurero.

Pedro, al enterase que su pescuezo tenia precio, huyo a los confines del Perú hasta que las aguas se calmaran, y de paso, exprimir su mente para ver de que viviría de ahora en más.

Como había sido educado en las mejores escuelas religiosas de España, Pedro sabía hablar latín y conocía el mundo clérigo. Era común que inclinara levemente su cabeza en señal de respeto y reverencia, cuando alguien hablaba con el. Pedro supo con esa educación, ganarse la confianza de un anciano franciscano de apellido Bohórquez al cual se le unió a sol y sombra, y donde iba, se presentaba como su sobrino. El andaluz olfateo un nuevo negocio y hacia allí fue. Al morir el cura, Pedro adopto el apellido del anciano y a partir de este momento paso a llamarse Pedro Bohórquez.

Con apellido apropiado, y aprovechando la buena reputación de su tio clérigo, el falso sobrino se las arreglo para llegar ente el nuevo Virrey del Perú para intentar cumplir su viejo sueño de poder, fama y riqueza: “encontrar la tierra donde el oro y las joyas brotan debajo de cada piedra”. El monarca español le otorga lo que Pedro le pide. Después de varios días en la selva amazónica él y su tropa, no encuentran nada. Gasta toda la fortuna que se le da para la expedición, y tiene que huir una vez más, ya que era buscado por todo el Perú.

Pedro se esconde por unos años, y al cabo de un tiempo vuelve a mezclarse con la sociedad. El Virrey era otro y por lo tanto, sueña nuevamente en montañas de oro y joyas. Como un encantador de serpientes, logra el patrocinio de una expedición, y, de nuevo el fracaso, ni una pepita de oro, ni una piedra preciosa, nada. Pedro es apresado y confinado a una cárcel en Chile, lejos, donde nadie lo conozca.

En tierras de los mapuches, y casi como un fantasma, logra escapar. A través de la cordillera, dejando a tras interminables valles y quebradas, ingresa primero a Mendoza y después al Dpto. Pomán, en la provincia de Catamarca a la cual adopta como su nuevo hogar. Se casa con una bella indígena, gracias a ella, aprende a hablar perfectamente el idioma de esos pueblos del sur. Pedro debió haberse sentido un dios, un enviado. Sobrevivió a largas travesías en tierras desconocidas.

El quichua le sirve para comunicarse con los calchaquíes que peleaban contra el dominio español, artos de los exorbitantes impuestos que les cobraban. Hábilmente los convence que él es descendiente directo de los Incas, y que con su sangre noble, podría sacarlos del yugo español y lograr con el apoyo de otras tribus del norte y de chile, darles batalla a los españoles. Con su tez morena, y el saber hablar el español, el idioma de su país de nacimiento, el cual era a su vez el idioma del país potencia en aquellos años, y al conocer a la perfección la lengua de los pueblos originarios, también ellos de piel morena, le fue muy fácil acomodarse a esta nueva vida. Algunos le creyeron, otros lo miraron con desconfianza, y varios simplemente pensaron: “es un mentiroso”. Tenía cuando llego a estas tierras del sur, 55 años.

Con la astucia y el lenguaje refinado utilizando siempre envolventes palabras, y con el solo fin de averiguar dónde se encontraba el “gran tesoro del sur”, marcho a entrevistarse con el Gobernador de Tucumán, lugar de donde dependían estas tierras, para convencerlo que él era “el hijo del sol” y que venía a traer paz y alegría entre los hermanos del viejo y el nuevo mundo, y que además, ayudaría a la evangelización de esos bravos pueblos guerreros. Bohórquez llego con un sequito de guardaespaldas de feroz mirada. Lucía un vestido blanco bordado con hilos dorados. En el brazo izquierdo un brazalete de oro le daba presencia y autoridad, y en su cuello, un collar de piedra rodocrosita de un color rosado sangre, robaba la mirada de los presentes. El gobernador lo recibió en su despacho, a su lado se encontraba el Obispo de Tucumán quien lo miro entre sorprendido e incrédulo, susurrándole al oído del gobernador le dijo: “me parece que este es un chanta”

– Pedro Bohórquez: “El descendiente de Manco Capac , el Hijo del Sol, saluda al monarca Español, al enviado del Rey”

– Gobernador de Tucumán: “Es un honor recibir en la tierra de su majestad, a tan noble guerrero”, ¿a qué debo tan grande honor?

– Pedro Bohórquez: “Vengo a hablar por mis hermanos calchaquíes, no queremos más guerra, ellos quieren conocer a su dios”

– Gobernador de Tucumán: “Sean bienvenidos, trabajaremos juntos en nombre de Dios para hacer una tierra rica y prospera”

A sus hermanos, Pedro Bohórquez  les había dicho todo lo contrario, que el ayudaría a vencer a los españoles ya que conocía como pensaban, sus tácticas militares, su forma de vida. Les prometió libertad, ya que merecían ser felices porque su tierra era rica y prospera. Tuvo un doble discurso, mintió a un lado y al otro.

Una vez que fue reconocido por el Gobernador de Tucumán como descendiente directo de los Incas, Pedro Bohórquez les exigió a todos los jefes de tribus vecinas, lealtad y obediencia. Aunque todos no estuvieran convencidos, los Caciques se postraron de rodillas ante él. No obstante, con esta hábil maniobra, logro por un par de años, una delicada paz y equilibrio entre españoles y calchaquíes.

El lugar de residencia del falso inca, estaba rodeado por guardias, lo que tornaba imposible entrevistarse con él. No salía nunca, y si lo hacía, un ejército de custodios lo rodeaba adonde se moviera. La fortificación contaba con cañones falsos hechos en madera y cuero, los cuales asomaban desafiantes e intimidantes. Para algunos, Pedro Bohórquez, bautizado ya como “Inca Hualpa”, era un “Runa Uturunco”, un “hombre felino”, ser mitológico dentro de la cosmogonía calchaquí, con poderes sobrenaturales, un protector, un sabio.

Pero un día, a estas tierras cálidas y secas del sur, “llego la tormenta” del norte. En lima, se enteraron que el gran mentiroso andaba suelto, y el Virrey del Perú, mando a capturar al falso Inca. “Yo les avise que este tipo tenía algo raro”. Afirmó el Obispo de Tucumán cuando se entero sobre la orden de captura que pesaba sobre él embaucador.

Envueltos en plumas de suri, y con un haz de luz amarilla que emanaba de su pecho, producto del reflejo de la luz sobre un adorno forjado en oro, Pedro Bohórquez encabezo una sangrienta sublevación contra el español. No le quedo otra, jugar a dos puntas y especular por tanto tiempo, lo pago caro. La hora de la mentira había finalizado, o mejor dicho la hora de la verdad había empezado.

El falso Inca amago ponerse frente de las tropas de sus leales guerreros, pero pronto, sus leales se dieron cuenta de la incapacidad de Pedro para dar órdenes y de la cobardía de en el campo de batalla, ya que temblaba como una hoja y se contradecía todo el tiempo. Los bravos guerreros combatieron durante días por su honor y contra la tiranía del invasor. Miles murieron por las heridas causadas, otros de hambre. El falso Inca fue apresado y trasladado a Lima. Pudo ver entre rejas, los festejos del año nuevo. Murió decapitado por traidor y mentiroso, una cálida tarde del 3 de enero de 1667.

Argentina, siglo XXI, casi cuatrocientos años después, tiene un nuevo Pedro Bohórquez:

Mauricio Macri. El hijo de inmigrante, asumió la presidencia de la República con 55 años. Educado en la mejor Universidad Católica del país, aprendió a hablar a la perfección el idioma del país potencia en la tierra. Sus ojos azules y sus trajes hechos a medida que hacían siempre juego con su mirada, completaban el combo necesario para un hombre que quería colocar, según él,  a la argentina a la altura de los países más desarrollados de la tierra. Llego a la presidencia con un discurso que prometía riqueza, pobreza cero, lluvia de inversiones, una moneda fuerte, más educación, mas trabajo, más hospitales, mas fabricas. “Los anteriores se robaron todo”, “nosotros vamos a hacer las cosas bien”, repetía constantemente.

Además, para llegar a ser presidente, debió aprender otro idioma, ese que hablaba el albañil, el barrendero, el verdulero, el carnicero, le gente que se levantaba todos los días muy temprano para ganarse la vida; ese pueblo al cual nunca perteneció. De lujosos restaurant  con vinos finos a los cuales llegaba en autos caros, paso caminar por barrios sin luz ni agua potable. Algunos en el pueblo confiaron en el, otros no. Iba de aquí para allá pero no siempre era bien recibido, muchos lo miraban con recelo, se juntaba con gente que no inspiraba confianza en el pueblo. Se mimetizo entre la muchedumbre como un buen camaleón. Con grandes asesores, estudio a los adversarios políticos para aprender algo de ellos. No era un buen orador pero lograba convencer con su castellano hablado entre labios mal articulados y balbuceantes.

Anteriormente, quiso el destino, que Macri gobernara por algunos años  una gran ciudad lo cual le dio mucha experiencia y la profunda convicción que podía hacer todavía grandes cosas desde la política. Ciudad Autónoma de Buenos Aires era  rica en historia, y arquitectura, y sus habitantes la conformaban descendientes de todos los rincones del mundo, en muchos casos, “hijos de tanos” como él. En su vida todo era glamour azul y amarillo como los colores del club de futbol de sus amores. Con el tiempo, el azul fue quedando atrás porque era aburrido, y el amarillo, sinónimo de alegría para él,  paso a dominar calles y parques, todo lleno de globos, por supuesto de color amarillo. Se convenció que gobernar era fácil. Creyó que con solo hacer bicicendas, metro buses, ponerles vistosos uniformes  a la policía, adornar plazas, o aumentar la frecuencia de los subtes, era suficiente para gobernar un país.

Y si hacía falta plata para su faraónico proyecto, porque de seguro iba a encontrar las arcas vacías ya que “se habían robado todo”, le pediría prestado a los muchos amigos que había cultivado en el país del norte, fruto de las primeras experiencias laborales en empresas de su gran amigo Donald Trump. Imaginó, que las huellas que dejaban las mulas en los pasos cordilleranos rodeados de nieve, allí por donde todas las mañanas transitaban los maestros durante varias horas para ir a dar clases, podían ser asfaltadas con canteros de verde césped en el medio y luces led para iluminar mejor el camino de los educadores, tal como lo había hecho en varios barrios de la gran ciudad de Buenos Aires.

Al mejor estilo Pedro Bohórquez, hizo todo lo contrario de lo que había dicho en su campaña política, o mejor dicho no hizo nada por su pueblo. Saco prestado plata a todo terrícola que le mostraba su billetera, devaluó la moneda argentina hasta niveles históricos, dejo miles de trabajadores en la calle. En los hospitales, no había alcohol ni algodón, y en las escuelas ni una tiza, por supuesto, mucho menos alumnos, sus maestros estaban de paro porque su salario era bajísimo.

Prohibió el uso en las aulas, de las computadoras que gratuitamente habían recibido los niños de todo el país para estar conectados con el mundo y sumarse a la educación virtual que exige los nuevos tiempos. Duplico La cantidad de ministerios existentes los cuales acabaron por no hacer nada y superponerse en tareas. Designo al frente de cada cartera, no el más ideo, sino al más importe CEO de la actividad. Clubes de barrio, teatros populares, escuelas de arte, cientos de pequeñas fábricas, debieron cerrar sus puertas ya que no podían pagar la factura de electricidad, las cuales en muchos casos, habían aumentado en un mil por ciento en dos años. La inflación de un 60%, devoro como caníbal hambriento, el bolsillo de la clase media argentina.

Así, como el falso inca les prometió a los españoles subordinación de los aborígenes a sus órdenes, Macri quiso subordinar al pueblo y someterlo al yugo de la esclavitud política, económica y social, mantenerlos sumisos y cautivos encarcelando a todo aquel que tuviera la osadía de criticarlo o se anime a enfrentarlo desde un gremio o una manifestación callejera. Si el “valiente” tenía “alguna causa” judicial pendiente, verdadera o inventada, de seguro terminaba declarando en algún tribunal y con “sentencia exprés”. La justicia en tiempos Macristas fue efectiva y veloz. Hasta el Papa Francisco había advertido sobre lo que pasaría en esta, “la tierra del fin del mundo”, si Macri continuaba con sus políticas de ajuste.

Tal como lo había hecho Pedro Bohórquez, el Presidente Macri pudo mantener por un poco más de dos años, un delicado y sutil equilibrio de paz y armonía entre el pueblo. Siempre alguien decía “hay que darle tiempo el muchacho”. En ese tiempo, dividió al país en dos bandos, mucho más de lo que ya estaba dividido. Una gran “grieta” separaba a la argentina. Por un lado se encontraban aquellos que gritaban “miente….miente”, y por el otro decían “estamos mal pero vamos bien”. Algunos más osados le gritaban “gato”, un seudónimo que el presidente odiaba.

De tanto esperar “un segundo semestre lleno de inversiones”, de mirar como el dólar dejaba a kilómetros de distancia al peso argentino, de ver como la inflación devoraba el sueldo de los trabajadores,  de escandalizarse por locas e inescrupulosas facturas de gas y luz, el pueblo dijo basta, su discurso llego a su fin.

El falso inca del siglo XXI había subestimado al pueblo. Para colmo de males, sus males, los deudores se le vinieron encima. Nunca, ningún presidente en la historia económica de la República Argentina, había sacado tantos préstamos en tan poco tiempo, y como toda deuda, había que pagarla. Le habían dado algunas recetas de cómo administrar el país y así poder cumplir con los compromisos adquiridos, pero como eran amigos suyos los que le habían prestado el dinero, no se hizo mucho problema.

Hasta que un día llego la tormenta desde el norte, tal como le había ocurrido a Pedro Bohórquez, con el agravante que también lo sacudió un temporal desde el sur, la famosa sudestada argentina, esta vez no hubo granizo sino protestas callejeras, paros, cortes de ruta, asambleas. El pueblo se había hartado.

Macri creyó que una banda presidencial, un ejército de trolls, tweets en forma de misiles dirigidos a sus adversarios políticos,  un asesor ecuatoriano que le enseño a hablar el idioma del pueblo, o aplicar un viejo axioma atribuido al nazismo “miente…miente que algo queda”, eran suficientes para perpetrarse en el poder y hacer lo que quisiera de la argentina, pero se equivoco.

Así como Pedro Bohórquez creyó que podría solo contra los españoles, aquellos poderosos de esos años, los actuales poderosos lo dejaron solo. Así como el falso inca mintió a su pueblo, incluso a esos que lo habían apoyado, el pueblo lo hecho a patadas. La falsedad de aquellos que llegan al poder con la mentira, fueron castigados por la Pachamama, tal con la madre tierra castigo a Pedro Bohórquez. Porque la Pachamama para algunos pueblos del sur, ella es todo: justicia de la tierra, del cielo, del mar y de los hombres. Macri no puede ver el año nuevo como presidente, tuvo que renunciar y exiliarse en los Estados Unidos. Argentina volvió, una vez más a reconstruirse.