La dimensión de la victoria

Por Jorge Giles

Foto: Estanislao Santos

Los días que vendrán después de este histórico 11 de Agosto, la historia trotará como un caballo cimarrón en la llanura. 

Agárrate fuerte, corazón, que estamos cabalgando hacia el futuro. 

“Voy a llorar”, me dijo. 

Y se largó a llorar cuando dieron las diez campanadas de la noche victoriosa y la pantalla anunciaba que había ganado la esperanza. Alberto y Cristina eran y son el nombre de esa esperanza colectiva. Y lloramos todos de alegría como pocas veces antes. Y cada uno con sus propios muertos, lloraba. Cada uno con sus penas, lloraba. Cada uno con su Néstor, lloraba. Cada uno con sus sueños malheridos, lloraba. 

Esta escena pasó en cada casa nuestra, en cada pareja, en cada rincón familiar, en cada grupo de amigos y amigas. 

Ahora vendrán por el castigo a semejante alegría popular. Tomarán del cuello a nuestra ya escuálida economía para acogotarla y asfixiarla hasta hacernos sentir el escarmiento de los dueños de todo, de los bancos, de los bonos, de los dólares, de la bicicleta financiera, del gobierno; dueños de todo, menos de nuestros sueños y nuestras convicciones. 

Pero estemos tranquilos porque este trance violento de los dueños del poder también será superado y derrotado por esos millones de compatriotas que en las urnas dieron la más maravillosa batalla por defender la memoria y la dignidad de los argentinos.  

La dimensión de la victoria no habrá que buscarla en la reacción miserable de los mal llamados “mercados”, sino en la voluntad implacable que demostró este pueblo para rescatar a los pibes con la panza vacía, a los jubilados que se mueren de frío, a los desocupados, a los expatriados, a los expulsados, a los militantes estigmatizados, a la persecución criminal contra los opositores, a los reprimidos, a los condenados de la tierra, como los llamó alguna vez Frantz Fanon. 

La dimensión de la victoria habrá que medirla con los primeros discursos de esta nueva versión del neoliberalismo en la Argentina. Venían a pasar a degüello todos nuestros sueños, y ya que estaban ocupados en tan cruel faena, venían a borrar la historia, venían a imponer a cómo de lugar el país de los Ceos, el país chiquito de la city porteña, el país de las vacas exportadas, sin leche ni carne para el consumo interno, el país sin industrias ni comercio, el país sin trabajo argentino. 

La dimensión de la victoria habrá que buscarla en la derrota de Trump, del FMI y de Bolsonaro, los padrinos de la muerte fácil, del racismo, del odio entre hermanos y del gobierno de Macri. 

La dimensión de la victoria habrá que sopesarla en las miles de tapas de los grandes medios y pantallas que no dejaron nunca de perseguir al país doliente de los argentinos y las argentinas. 

La dimensión de la victoria lo da esa mujer que abrió, generosa y solidariamente, los brazos para cobijar a todos los convocados a parir este sueño de andar siempre volviendo. Y esa mujer es Cristina. 

Los que lucraron estos años de macrismo con nuestros dolores, buscarán sembrar el pánico entre nosotros. La economía es hoy un pantano lleno de alimañas. Nada habrá que temer si seguimos juntos como vamos a seguir. Y como no sabemos de odios ni revanchas, nuestra única venganza es ser felices. 

Ojalá el gobierno sepa asumir esta derrota, que ordene suavemente su inevitable retirada, que no griten más, que no den más latigazos sobre la ancha espalda de este pueblo manso, que aprendan algo, siquiera algo, de nuestra entereza en los malos momentos, que acomoden sus cosas, sus maletines, sus miserias humanas y se vayan cuando llegue el día, ni antes ni después, cuando llegue ese día que se acerca al galope. 

La dimensión de la victoria es, en definitiva, Alberto Fernández entrando al escenario que lo aclamaba Presidente, abrazado a Taty Almeida y a Lita Boitano y abrazando en ellas a todas las Madres y a la memoria de nuestros 30 mil compañeros y compañeras desaparecidos, esos ilustres compatriotas que siempre están volviendo cuando acecha el olvido. 

Esta vez nos debemos un juramento social por los siglos de los siglos: ¡nunca más neoliberalismo!   

Que así sea.