La piel de la patria

Por Jorge Giles ·

La piel de una maestra no se tortura. La piel de una maestra se respeta más que a un templo, o mejor dicho, como si fuera un templo donde van nuestros pibes y pibas a compartir el pizarrón y el pan en los días de frío.

Que no se olvide nadie de Corina. Ni de Santiago. Ni de Nahuel. Ni de Sandra. Ni de Rubén. Ni de ninguno de los muertos, perseguidos y reprimidos en este tiempo corto y cruel de neoliberalismo. Que no lo naturalicemos. Que no nos acostumbremos. Que no pongamos la otra mejilla indignamente. Que no negociemos la palabra ni las convicciones al exigir castigo. Y que aprendamos a darle categoría política al desenlace que se viene al galope reclamando justicia. Si hay memoria, habrá redención.

El saqueo final y todo aquello que lo adornaba y edulcoraba está a la vista. No habrá nada que temer en los días que vendrán, más que prepararnos como sociedad para protegernos mejor ante tanto dolor. El engaño ha sido descubierto y entonces, el manojo de promesas y mentiras de las clases dominantes se hace polvo y vuela por el aire que ya viene anunciando que esta tragedia social y nacional a la que nos llevaron, ha iniciado su capítulo final. Sabremos respetar todos los tiempos que sean necesarios. El coraje de un pueblo organizado también se mide por su inteligencia y su prudencia. Sépanlo de una buena vez. Por eso la diferencia con el 2001 no apalanca en la robustez o no de las cuentas bancarias, sino en la organización y el aprendizaje colectivo que experimentamos como sociedad. Este pueblo está empoderado definitivamente y no habrá dirigente que acuerde entre sombras palaciegas qué rumbo hay que seguir. Esa es la clave de la gobernabilidad con la gente adentro. Por eso el único estallido es del sistema injusto y excluyente que ellos mismos proyectaron. La resistencia popular ya está desplegada mansamente en las calles y las plazas y hace oír su voz potente aunque parezcan sordos los que mandan.

La razón de la democracia indica que habrá que juntar fuerzas, sabiduría y paciencia organizada para enfrentar los ataques que se multiplicarán para que abjuremos de la democracia que supimos conseguir y construir justamente nosotros. Los ninguneados. Los muertos de hambre. Los cabecitas negras. Los olvidados. Los memoriosos. Los que no bajamos las banderas. Los de Patria sí, colonia no.

Los poderosos se equivocaron nuevamente porque, le pese a quien le pese, la historia trunca de la patria se juntó esta vez, como pocas veces antes, con la coyuntura. Y allí te quiero ver cuando llegue el momento de ajustar cuentas con el legado que dejaron a este pueblo manso San Martín, Rosas, Perón, Evita, Néstor y Cristina. Sin odios ni rencores, no habrá más pena ni olvidos.

De esta crisis final del neoliberalismo se saldrá más fortalecido, acordate, porque hoy estamos convencidos que al retomar próximamente el ciclo de nuestro desarrollo como nación habremos aprendido que la unidad latinoamericana vendrá a quedarse para siempre y que será necesario avanzar rápidamente hacia la reconstrucción de la patria, consagrando una nueva Constitución que armonice nuestro destino de país industrial, inclusivo, federal, nacional, popular y democrático con un marco institucional que respete y estimule ese destino.

Han llevado a la república a límites insoportables para los argentinos. Y la piel de esa república no se mancilla así nomás, sin consecuencias. Que lo vayan sabiendo los que durante siglos se sintieron y creyeron dueños de la tierra y los diccionarios. Cuando llegue el momento de desandar este agobio del hambre y la miseria, a tanto sufrimiento sólo podrá corresponderle un gobierno votado por el pueblo que dignifique la vida en toda su plenitud.

Cuando liberó el Perú, el general San Martín acuñó como contraseña de su Ejército Libertador esta frase: “Con días y ollas, venceremos”. De allí venimos. De esos días y esas ollas.