La soberanía se defiende o se entrega en todos los terrenos

Por Carlos Raimundi ·

Malvinas en la geopolítica actual

Como no podría ser de otro modo, la cuestión Malvinas se inscribe en el nuevo contexto geopolítico mundial. El mundo vive una etapa de incertidumbre, diferente del clima de cierta estabilidad que imperó durante la guerra fría, que presentaba cierto “orden” a partir de dos grandes polos de referencia como los bloques socialista y capitalista. La posguerra fría también lo fue, al erigir a los EE.UU. como polo dominante: la democracia liberal como estructura política y la libertad de mercado como estructura económica le proponían al mundo, nos guste o no, una referencia.

Hoy, en cambio, asistimos al fracaso de un modelo de acumulación que ya no puede generar ningún horizonte de esperanza. Hasta hace algún tiempo, el desamparo y la humillación que causa este modelo se circunscribía a atacar las áreas del planeta conocidas como periféricas. Pero ha sido tal el desenfreno de esa concentración de riqueza, que hoy se ven atacadas zonas que tradicionalmente centrales, como la propia Europa y parte de los EE.UU.

Una de las causas de esa pérdida de referencias a nivel mundial es justamente el fracaso y agotamiento del modo de acumulación del capital financiero globalizado. La otra es la aparición de un actor como China, que al haber equiparado su PBI con los EE.UU., surge como un potencial competidor en términos geopolíticos.

Paralelamente, la presencia de los tradicionales Estados nacionales, hoy se entrecruza con intereses financieros cada vez más concentrados, omnicomprensivos y dominantes, que manejan presupuestos varias veces superiores a los de muchos estados. Por consiguiente, ponen en cuestión el gobierno de la política, para subordinarlo a la gestión lisa y llana en manos de dichos conglomerados.

Pero ambos –tanto las potencias centrales como los grandes conglomerados financieros que han cooptado en algunos casos, y en otros se han integrado al poder político de dichos Estados- necesitan sostener su dominio sobre un área como Malvinas, estratégica desde todo punto de vista. Sin embargo, la disconformidad creciente de los europeos con su bloque regional, debilita el apoyo de Europa al Reino Unido en su pretensión sobre los territorios de ultramar.

A partir de las experiencias populares vividas durante todo el primer tramo del siglo XXI, con políticas de autonomía financiera que confrontaron con el modelo neoliberal, América Latina desempeñó un rol activo en la confección de la agenda de poder mundial. Al haberse inclinado hacia el bloque conocido como BRICS, integrado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, participó de un área que representa el 60% del PBI mundial, y, como tal, desafió el modelo del mero capital financiero globalizado. Y debido a que no hay modelos de autonomías parciales o de entregas parciales de soberanía, sino que hay modelos de soberanía y modelos de entrega y claudicación, la causa de Malvinas fue asumida dentro de ese mismo marco de políticas autónomas y anticoloniales, primero por Mercosur, luego por Unasur y finalmente por la CELAC.

En ese marco de denuncia del colonialismo en general, no sólo territorial, sino económico, financiero, armamentista y cultural, se inscriben las reformas de la legislación penal argentina que castigan a aquellas empresas británicas que operen ignorando la situación del conflicto en el Atlántico Sur, para explotar recursos pesqueros o hidrocarburíferos. Y la prohibición para autorizar vuelos o embarques de naves con bandera de Malvinas en los puertos del Mercosur, la denuncia en los foros internacionales de la presencia de armas nucleares y la creciente militarización del área por parte de la OTAN. Todo esto está plasmado, por ejemplo, en la Declaración de Ushuaia del 23 de febrero de 2012.

La posición de cada gobierno sobre Malvinas responde a la orientación general de sus políticas. Una política de rechazo al ALCA o desendeudamiento –como reafirmación de nuestra condición de estados soberanos- no podría convivir con una claudicación respecto de Malvinas. De la misma manera, pero desde la perspectiva opuesta, de nada sirve la declamación de soberanía cuando la orientación general de las políticas es de endeudamiento y alineamiento estratégico con el imperio que es responsable de la situación colonial. Es decir, la soberanía se defiende o se entrega en todos los terrenos. Y eso marca el contraste entre la situación de América Latina con presidencias como las de Cristina Fernández de Kirchner o Dilma Rousseff, y la actual.

Desde esa coherencia de las experiencias populares, los países latinoamericanos a quienes les tocó representar la causa anticolonial de Malvinas en diversos foros y organismos de Naciones Unidas, obtuvieron amplias mayorías en las respectivas votaciones, no obstante lo cual los británicos continúan sin acceder a dialogar. Pese a ser apoyados sólo por una minoría de países, se trata de aliados con un peso específico difícil de torcer por la mayoría. La construcción de poder a nivel mundial a través de bloques y de experiencias de coordinación e integración regional e interregional, es una de las claves para mejorar nuestro desempeño en el futuro inmediato.

Esas denuncias se hicieron en términos de una posición claramente anticolonial, ya que no podría explicarse de otro modo que desde el colonialismo, el control sobre un territorio que dista 17.000 km de la pretendida metrópolis.

El Reino Unido es, seguramente, la potencia que más desplegó su dominación colonial de manera directa a lo largo y a lo ancho del mundo, desoyendo y aplastando todo intento de voz autónoma de los pueblos dominados. Sin embargo, sobre Malvinas esgrime permanentemente el derecho de decidir de sus propios habitantes –a lo que falazmente llaman „autodeterminación‟- como excusa para no discutir con la Argentina como lo exige el derecho internacional. Si bien nuestras convicciones y nuestra tradición más arraigada, así como nuestra Constitución nos imponen respetar los intereses y el modo de vida de los isleños, la Argentina siempre ha respondido que por tratarse de una población implantada por fuerza desde la metrópolis británica, los habitantes de Malvinas no constituyen un tercer actor independiente. Por lo tanto la cuestión de la soberanía debe ser tratada por los dos Estados entre quienes existe la disputa. Los isleños son un actor a respetar, pero no un Estado soberano.

 

¿Por qué renunciar a una estrategia de integración gradual entre las Islas y el continente?

No obstante, que no sean parte soberana en la disputa, no significa renunciar a tener una política hacia los habitantes de las Islas. Para ello, rescato el espíritu de un Proyecto legislativo que presenté hace algunos años, que contempla, dentro de una estrategia general, la creación de una Zona Especial en el Atlántico Sur, como región prioritaria para otorgar incentivos fiscales y financieros para la radicación de industrias locales y la creación de puestos de trabajo, ventajas preferenciales para el desarrollo de centros científicos y tecnológicos, complementarios con actividades de personas físicas o jurídicas

 

Malvinas en la lucha descolonial de Nuestra América física y cultural.

El intercambio cultural y académico podría representar una prioridad para la apertura progresiva del tránsito entre la Argentina y las Islas, a través de un régimen especial para el establecimiento de Instituciones Educativas, Universidades e Institutos de Investigación, que permitan a isleños y argentinos cursar estudios universitarios de nivel comparable al que podrían obtener en el Reino Unido, con salidas laborales aplicables a la realidad socioeconómica de la región.

Casi la mitad de los jóvenes que terminan el secundario se inscribe en universidades británicas y anualmente dos o tres de ellos se gradúa. Y justamente los más jóvenes son quienes podrían revisar el rechazo que sienten hacia la Argentina las generaciones adultas, a partir de una relación más normal, que no sea presentada como un “triunfo argentino”, sino como un beneficio recíproco. Dadas las profundas diferencias entre nuestras costumbres, de lo que se trata es de imaginar iniciativas que favorezcan la integración, incluyendo actividades conjuntas artísticas y deportivas.

La protección de las especies, las reservas de agua potable y la disminución de la capa de ozono, deberían ser motivo para promover la realización de una Conferencia Internacional sobre el Medioambiente en el área del Atlántico Sur.

En definitiva, se trata de ir creando condiciones económicas y culturales desde la perspectiva de un proceso de varios años, una estrategia de mediano plazo alejada de cualquier anhelo de impacto inmediato, una política de Estado orientada a una integración gradual, que permita afrontar, de una vez por todas y en las mejores condiciones, la cuestión de soberanía. De manera inclaudicable, pero a su vez creativa e inteligente.