Leonardo: El anatomista

Leonardo: El anatomista*

Es muy probable que Leonardo Da Vinci haya tenido una idea más acabada de la anatomía del cuerpo humano que cualquier médico de su época. Él no era una excepción, muchos artistas contemporáneos tenían vastos conocimientos anatómicos. Andrés Vesalio (1514-1564), autor del tratado anatómico Humani Corporis Fabrica, debió tolerar la presencia de varios pintores que asistían con aires de suficiencia a sus demostraciones anatómicas.

Leonardo, durante sus primeros encuentros con la anatomía, disecó cadáveres -está en discusión si los robó o pagó por ellos-, interesándose en develar cuáles eran los principios mecánicos que hacían del cuerpo humano una aparato móvil. Buscaba adivinar, observando las inserciones óseas de los músculos, cómo éstos intervenían en los diferentes movimientos. Múltiples dibujos de su juventud lo muestran volcado enteramente a la osteología y miología.

Pero, con el paso del tiempo, el interés de Leonardo por la anatomía tenía como finalidad dar respuesta a otros interrogantes.

Si en sus primeros dibujos se puede observar que se centraba en la mecánica de los movimientos realizados por el ser humano; en su vejez se preocupó por tratar de desentrañar como funcionaban determinados órganos. Estudiando el corazón estuvo a punto de descubrir la circulación sanguínea (cien años después lo haría Williams Harvey), y en escritos y dibujos de esa época se evidencia que también se inclinó por la embriología. La culminación de sus conocimientos en esta materia está coronada con los grabados que ilustran esta página. Allí se observa la imagen de un feto en su posición real dentro del útero materno. Nunca antes se había llegado a describir con semejante realismo al niño por nacer. Los detalles del dibujo connotan el grado de observación de Leonardo.

El valor de esta imagen adquiere mayor relevancia si se tienen en cuenta las ideas acerca de la gestación que se sostenían en la época. Por ejemplo, sus contemporáneos, que estudiaban a Galeno –quien realizaba descripciones de sus disecciones en animales-, creían que el útero poseía siete cavidades, como en el cerdo. Este dato fue desmentido por Berengario di Capri (1479-1530).

Dos siglos antes de los dibujos realizados por Leonardo, Muscio decoró la obra de Sorano de Éfeso, con figuras donde se aprecian pequeños hombres en diferentes posiciones dentro del útero, lo que evidencia la rudimentaria idea que se tenía acerca de las posiciones fetales.

Observando los grabados de Leonardo se deduce que el motivo de la realización de ciertas autopsias iba más allá del mejoramiento estético de su arte. ¿En que podría haber favorecido este dibujo a Leonardo como artista?

Es evidente que la faceta que Leonardo muestra en estos grabados es la de un curioso anatomista, legándole a la humanidad la primera imagen de un feto maduro en su verdadera posición. Se puede considerar entonces a Leonardo como un protagonista destacado dentro de la historia de la ginecobstetricia.

Obstetricia Aborigen

Las respuestas naturales entre los nativos de América*

Las antiguas culturas americanas tenían distintas prácticas médicas que combinaban con ritos para atender a las mujeres durante el embarazo y el parto. Algunas alcanzaron mas desarrollo que otras, pero en todas estaba presente los cuidados durante el proceso reproductivo y la cura de heridas tras el parto, así como la atención del recién nacido. Veremos como era la obstetricia en tres de las grandes culturas americanas (aztecas, mayas e incas) y como en dos del sur de nuestro país (araucanos y yámana), donde se pueden apreciar algunas coincidencias.

AZTECAS

El Fray Bernardino de Shagún, cronista de la vida entre los aztecas, relata que las mujeres se casaban entre los 14 y 16 años; que la esterilidad femenina era mal vista y causa de separación; y el aborto provocado estaba permitido -a la mujer que abortaba se las llamaba cihuapectlin–  y no era bien visto socialmente.

Las embarazadas eran cuidadas durante su gravidez por dos mujeres. Una llevaba las tareas principales (ticitl)  secundada por una ayudante (tepalehuiani). Los cuidados se extremaban para las primíparas y las que estaban en los tres últimos meses de embarazo, con recomendaciones sobre ejercicios y alimentación.

Las encargadas de atender los partos (tlamatqui ticitl), solían realizar una palpación abdominal al final del embarazo y si era necesario ejecutaba la inversión del feto mediante maniobras externas.

La ticitl se trasladaba a la casa de la futura madre con antelación al parto para preparar los alimentos y en el momento que la embarazada comenzaba en trabajo de parto le daba de tomar una infusión de raíz de chihuapatli, que contiene eriocomina, una sustancia  oxitócica. La parición se realizaba en cuclillas.

En casos de presentación de fetos muertos, las tlamatqui ticitl estaban preparadas para realizar embriotomías y ante la retención de placenta la extraían manualmente.

Todas estas actividades no eran exclusivamente femeninas, estaban también los neconeticitl, hombres que atendían parturientas y mujeres enfermas.

Después del parto el recién nacido era lavado y sus ojos humedecidos con un cocimiento deun vegetal llamado xocopati, para que se realizara un ritual. El cordón umbilical y las “secundinas” serían enterrados según la tradición: si se trataba de una niña, lo hacían cerca del hogar; si era varón era entregado a los guerreros que lo enterraban en el campo de batalla.

Por último, había una creencia azteca acerca de las mujeres que morían dando a luz. Las tenían por diosas (ciaopipiltin) que iban al “paraíso occidental” y cada mañana intervenían como parteras en el nacimiento del sol.

MAYAS   

No existían grandes diferencias entre la actitud adoptada por los mayas y la de los aztecas frente al proceso de procreación.

Los partos estaba en manos de las parteras, las Aalansajo’ob, quienes también curaban restableciendo el equilibrio entre “el hombre, la salud y la naturaleza”. Eran, por otra parte, las intermediarias entre los hombres y los seres o dioses.

Ixchel, la diosa luna, era la protectora de la maternidad, también llamada mujer arco iris; Ixquic, por su parte, era la diosa de la fecundidad. Otros historiadores creen que Ixchel reúne varias significaciones, cuando joven representa la medicina y el parto, y como diosa vieja, la tierra, la vegetación y el tejido. Por lo que sintetiza la luna y la tierra, que en la mayoría de las culturas antiguas se han asociado a lo femenino.

Los mayas tenían por costumbre sacrificar un pavo cada vez que nacía un niño. Luego cortaban el cordón umbilical sobre una mazorca de maíz  y sembraban el grano de la misma, a la que consideraban sagrada, prestándoles cuidados especiales. Más tarde la cosecha era dividida en tres partes: una para los dioses, otra para alimentar al niño y la tercera era guardada para que este la sembrase cuando tuviera la edad para hacerlo.

INCAS

Entre los incas era costumbre que durante el embarazo, la mujer redujera su actividad laboral, ayunara con frecuencia y se privase de algunos alimentos, especialmente la sal; también se invocaba a la Pacha Mama para que el parto tuviera una feliz culminación.

Las mujeres daban a luz boca abajo, en cuatro pies, mientras que la comadrona recibía la criatura por detrás. Empero, refiere el Inca Garcilaso -citado por De Urioste- que las indias “parían sin partera, más era hechicera que partera”.Parece, no obstante el anterior testimonio de Garcilaso, que el parto, en efecto, era asistido. Una prueba fehaciente la aporta Lucas Molina Navia al referir la existencia de huacos (alfarería preincaica e incaica) que muestran a la parturienta sentada asistida por una mujer.

En el Alto Perú, según De Urioste, la parturienta se encerraba con la partera; al esposo le estaba prohibido ingresar a la habitación. La placenta y la sangre eran enterradas y cubiertas con arena. La madre descansaba en decúbito ventral durante ocho días.

ARAUCANOS

Las araucanas daban a luz en forma solitaria. Salían de su ruka y se trasladaban a sitios aislados, donde existiera agua (ríos o lagunas). Allí construían un pequeño rancho de ramas, que denominaban putracuma.

Los preparativos comenzaban días antes del nacimiento con un baño diario antes de la salida del sol. También se tenía la costumbre de arrojar una piedra desde el interior de la ruka para que la criatura saliese como la piedra; pero ésta no debía caer en el umbral de la casa, puesto que supersticiosamente creían que en tal caso la criatura quedaría atravesada.

Con los primeros síntomas de parto la mujer era llevada la orilla del curso de agua para que todos los males que siente no contaminaran la habitación y sus enseres. Daba a luz en cuclillas, asidas al poste central de rancho. Luego, sin ayuda, la puérpera y el recién nacido entraban al agua para darse un baño higiénico.

El cordón umbilical era cortado con las filosas hojas de una gramínea

 –“ginereum argenteum”– hoy conocida vulgarmente como  “cortadera” o “pasto de mujer”.

El aborto era raro, sólo se producía sin premeditar como consecuencia de llevar cargas  pesadas o excederse en los trabajos de fuerza.

Las mujeres araucanas embarazadas ingerían el payun (aracnitas uniflora) para tener hijos varones: “Porque la flor de esta planta tiene una especie de barba varonil.” Para apresurar el parto bebían un cocimiento de raíces de “metrón” (oenotera berteriana), también lo utilizaban para lapara la expulsión de la placenta.

Hoy día, el “metrón” o flor de San José, sigue siendo un remedio muy recomendado en el sur de Chile para todos los trastornos femeninos.

YÁMANAS

Las mujeres yámanas se hacían auxiliar por sus propias madres o por las más ancianas de la tribu. Estas, eran conocidas con el nombre de cutoandundomo, que quería decir “mujer que se compadece de la amiga”. Después del parto, junto con su hijo, se daban un baño y se trasladaban a su morada donde permanecían ocho días. Al cabo de ese período quemaban la choza y todos los utensilios que se hubieran usado en el parto. Probablemente, al igual que otras culturas antiguas, consideraban el parto como un acto impuro.

Las madres solteras, por lo general, mataban al recién nacido o lo dejaban abandonado. A éstos párvulos expósitos se les llamaban bucheñes.

*Javier Portillo: Profesor de Biología graduado en la UNLP; Docente; Director y Redactor de la Revista “El ojo de Horus”, Revista de Historia de la Medicina.

Edición  Año I “Tierra”, Número I, Abril 2008