Líneas editoriales en la oposición extrema

Un presidente “simulador”; una vice que es el “lobo” de Caperucita Roja.

Gentileza de COMUNA

Estamos casi en estado de sitio; el Estado es más inoperante que en 2001; vamos hacia el caos de la hiperinflación; hay restricción a la “libertad”, autoritarismo e “infectadura” -como dicen los ultras contra el aislamiento-; el Presidente es un simulador: columnistas de Clarín, Infobae y La Nación desarrollan una oposición radicalizada, tanto que se quedan sin margen para subir el tono y se repiten a sí mismos.

La descalificación mediática a la política sanitaria choca con las evidencias locales y mundiales sobre la gravedad de la pandemia, por lo que el enfoque noticioso sobre el aumento de los enfermos se centra únicamente en las villas del Gran Buenos Aires, un recurso que les sirve para atacar al gobernador Kicillof y a la vez encubrir al jefe de gobierno capitalino, Rodríguez Larreta.

Aunque sin usar todavía el grotesco neologismo “infectadura”, ya el lunes 25 de mayo Clarín fogoneó la “denuncia” de totalitarismo en una nota de la editora Fesquet, combinada al día siguiente con un menoscabo a la conducción del Presidente, puesto por el editor Vaca como distraído testigo de un “copamiento” de su gobierno por el kirchnerismo. Un Presidente que apenas “surfea”, deporte “peligroso y letal”.

Cuarentena “en conflicto con la libertad” agitó el miércoles Morales Solá en la portada de La Nación, para lanzar de inmediato una afirmación temeraria, fundamento teórico perfecto para las manifestaciones posteriores de negacionistas, anticuarentena y pseudo libertarios: “La Argentina vive en virtual estado de sitio”.

En Clarín, el mismo día, Van der Kooy aplaudió las protestas por “las libertades individuales”, recurrió para autoconfirmarse a la nada casual aparición del supremo Lorenzetti, olvidándose de las ocasionales extorsiones que Clarín le lanzó al cortesano, por sus correrías en Rafaela, cada vez que quiso obtener algo de él. Y, siguiendo el esquema de Morales Solá, equipara con la crisis del gobierno de De la Rúa, con una frase críptica o mal escrita: “Como nunca durante esta pandemia -ni siquiera se vio en la crisis de 2001- el Estado viene quedando desnudo en su ineficacia e impotencia”. ¿Qué más hace falta para movilizar a la Plaza? Palabras más, palabras menos, Roa aplicó idéntica fórmula.

Kirschbaum aportó el jueves la infaltable apelación fantasmagórica a Venezuela mientras La Nación, con firma de Luciano Román, habló de “encierro de nuestro pensamiento”. Laborda en ese diario salpimentó el viernes preanunciando hiperinflación y caos, mientras Di Marco tecleó sobre un gobierno sometido a los epidemiólogos, anticipándose a las eminencias creadoras de la palabreja “infectadura” aunque haciendo copiar y pegar con lo dicho por Patricia Bullrich. 

El pronóstico de apocalipsis fue replicado el sábado por Infobae, con proyecciones de inflación y devaluación, el cóctel ideal para mover a parte de la clase media.

Y así llegamos a las líneas ultra del domingo. En Clarín, Fioriti saborea “una incipiente rebeldía”, por una cuarentena ya cuestionada por “expertos”, que no tienen nombre. Van der Kooy apuesta por la “tensión política y social”, para luego desatarse una vez más contra Cristina Kirchner. En este embate ingresa una noticia prácticamente censurada por estos diarios: la denuncia por la práctica del macrismo de espiar a propios y extraños. El objetivo de descalificar la acusación se busca con el recurso de ponerlo en un paquete de “revancha” de “Ella”, como escribió Morales Solá, o de “venganza” de Ella, como se copió Laura Serra.

Para aterrorizar un poco más a la platea, Fernández Díaz alerta el domingo en La Nación: “el monstruo congelado despierta” y “reaparición del monstruo dormido”, en una nota que otra vez parte de una cita de Borges, coartada frecuente del autor para pavonearse con su presunto bagaje literario. No quiso ser menos su compañera de banco Guadalupe, quien un poco más ramplona recurre a Charles Perrault: el kirchnerismo -dice- es la abuelita en cuarentena que prepara, dio o dará un “zarpazo”. Y aquí la evidencia más aterradora todavía: la abuelita usa “barbijo colorado”.

Menos hilarante y, si se quiere, más serio, es el ataque del columnista Liotti en La Nación: “Alberto simula una transición hacia la nueva normalidad”. Como el Presidente no tiene un plan de ninguna clase, dice, enfrenta las críticas “a pura gestualidad”. El redactor se ve obligado a no incluir la paulatina normalización de actividades en gran parte del país, porque ello es parte de un directo aval presidencial y eso lo desmiente.

Si hay incautos que creen en las líneas noticiosas y de opinión de estos medios, al día de hoy estarán convencidos de que la Ciudad de Buenos Aires ya dejó atrás el coronavirus, pues casi todos los títulos y artículos centran la pandemia en los barrios pobres del Gran Buenos Aires, un martilleo descarado sobre la figura del gobernador, acusado ahora de armar un “gueto” en Villa Azul.

Si el paralelo de Juan José Sebrelli entre esta villa y el Gueto de Varsovia se rebeló como un delirio y un insulto a la historia y a las víctimas del criminal nazi, no fue a menos el presunto pensador del clarinete sabatino, Miguel Wiñazki, quien habla de una villa “amurallada” porque “hay muros que no cayeron en 1989 junto al muro de Berlín”. 

El relato sobre un gobierno que no acierta en ningún frente, el maltrato a la figura presidencial, los pronósticos sombríos, de la hiperinflación al “trapo rojo”, no parecen dialogar con los relevamientos y encuestas que, con sus más y sus menos, siguen dando un respaldo notable a la gestión de la crisis. Pareciera entonces que estos medios dialogan solo con un núcleo duro, en el que conviven totalitarismo, antiperonismo e ignorancia, y que quieren mantenerlo activo para usarlo en su afán permanente de no permitir un gobierno fuerte, que tome decisiones con un relativo margen de autonomía respecto de las grandes corporaciones mundiales y su tropa local.

No obstante, el relato sirve para seguir peleando por la plata, el fin principal en estas semanas de renegociación de la deuda: la artillería más pesada sigue siendo dirigida contra el ministro Guzmán, atacado por igual aunque con palabras diferentes por Bonelli y Burgo en Clarín, Letjman en Infobae, Pagni en La Nación, entre otros. Hubo un acercamiento con los acreedores pero la presión es redoblada con vistas al martes 2, cuando se abrirá un nuevo período de prórroga para seguir dialogando.

Y si hay un “acuerdo histórico”, como escribió Letjman, no será por Guzmán, sino porque Alberto Fernández, Cristina Kirchner y Sergio Massa tomaron la conducción de la negociación. En otras palabras, si hay acuerdo, la disputa por el Ministerio de Hacienda entrará en otra fase, porque las oligarquías de verdad que van por todo.