NOSOTROS Y EL ODIO

Por María Cristina Derdoy

Palabras que fueron surgiendo poco a poco, dedicadas a compañeros, amigos, conocidos, desconocidos, chicos, grandes, jóvenes, en este tiempo de pandemia. A los que luchan día a día en centros de salud. A las autoridades nacionales y provinciales que nos cuidan.

A todos los científicos. A todos los hombres y mujeres de buena voluntad que habitan este suelo.

Como expresa el lenguaje popular “aquellos que pintamos canas”, aunque se disimulen bajo capas de tintura, hemos presenciado y algunos hemos sido tocados por el rebencazo del odio.

Según la RAE, significa: sentimiento profundo e intenso de repulsa hacia alguien que desea producirle un daño o de que le ocurra alguna desgracia. Aversión o repugnancia violenta.

Dejando de lado el significado de la expresión lingüística, veamos el social.

Las sociedades son heterogéneas, desde lo racial, sexual, intelectual, del trabajo, familiar y así se puede segmentar los diferentes nichos donde confluyen los actores sociales.

La puja entre ellos es sano y natural, porque no existen sociedades que progresen y mejores sus stándares si no se producen intercambios que permitan el fluir de las ponencias a veces antagónicas, otras, coincidentes.

No significa que lleve a desear que el opositor desaparezca, de cualquiera de las formas posibles: por el descrédito social, por la persecución política, por la pérdida, amañada en dictámenes judiciales de dudosa justicia, de la libertad o por la desaparición forzada.

Hemos vivido etapas así, y no hace demasiado tiempo.

¿Qué fueron sino los golpes de estado?

Desde la instauración y recuperación de la democracia en 1983, la sucesión de gobiernos elegidos por el voto popular ha recompuesto el tejido social.

En el año 2015, por imperio de la decisión de una mayoría del pueblo y a través del voto, la derecha argentina, fue llamada a regir los destinos del país.

Los grandes conglomerados económicos, los monopolios de los medios de comunicación y el aparato judicial iniciaron cual Tomás de Torquemada una caza de brujas brutal, infame y dolorosa.

La miserabilidad demostrada en estos cuatro años pasados es comparable con lo ocurrido en 1955 y 1976, claro que ello fue por el rompimiento del orden constitucional, por el avasallamiento de las libertades individuales y de conjunto que impusieron las fuerzas armadas y cierto sector social:  la oligarquía.

Y aquí tenemos de cuerpo presente al odio.

El daño infligido al pueblo condenando a millones a la pobreza, la falta de empleo, la carencia de salud pública, dificultando el acceso a la educación pública es una muestra acabada de la aversión que tuvieron.

Destruir la matriz productiva, endeudar por generaciones al país, condenar a la investigación científica casi a su desaparición y prostituir a la justicia.

Transformar la seguridad en una herramienta de persecución a las expresiones populares.

Deslegitimar las protestas laborales.

Y sobre todo, tratar a la política como el peor de los males.

La estigmatización de las expresiones populares, entre ellos a sectores del accionar político que se identifican con las mayorías menos poderosas económicamente y por ende de poder, fue brutal.

El discurso del odio se reinstaló en el cuerpo social atacando  y destruyendo.

Mucho, diría todo, tuvieron que ver los medios concentrados de comunicación, que desde las pantallas, los diarios, las redes fueron colonizando el pensamiento y fueron armando grupos de distinto origen social que violentamente actuaban atacando las manifestaciones que disentían con el gobierno de turno.

Se instaló la lawfare como la real verdad, como dice Mollo en su canción “cuando la mentira es la verdad”.

Fue feroz el embate a todas las instituciones del país.

Demolieron el Estado de Derecho.

Destruyeron la dignidad de muchos.

Y en ese devenir quedó muy claro el “de que lado de la vida estamos”.

Envolvernos en la sábana oscura de la mentira, el desprecio, la insolidaridad y seguir comiendo el pan del odio o romper el cerco de púas , las murallas restrictivas, limpiar las ventanas oscurecidas y escribir una vez más verdad, memoria y justicia.

Nosotros con el odio no nos llevamos bien, diría que no nos llevamos.

A pesar de los golpes recibidos tenemos la bella tarea de arreglar y mejorar cada día la vida de cada uno.

Y eso no quiere decir poner indefinidamente la otra mejilla, es hacer justicia con los medios que el Estado provee.

Nosotros al odio le anteponemos el amor al otro, construyendo un futuro mejor, haciendo un presente digno de vivir, trabajando para el bien común y pensando al país no como una empresa sino como el lugar donde todos y cada uno pueda realizar su vida.

El odio destruye y nosotros construimos.

El odio excluye y nosotros incluimos.

En estos tiempos difíciles, tristes, donde ese enemigo invisible se cobra vidas a diario, infecta a millones y ha dejado al mundo patas arriba, muchos odiadores seriales han aparecido con el discurso de la muerte.

Que no hay que aislarse, que no usemos tapabocas, que los científicos no son creíbles y así  se pueden contar por cientos las expresiones de estos libertarios incitando a desoír, desobedecer las recomendaciones de la comunidad científica mundial.

Muy perverso todo y me estoy refiriendo a nuestra sociedad.

Nosotros los del campo nacional y popular nos llevamos muy mal con estos pregoneros del odio, que incitan a la violencia y después se callan ante los miles de muertos.

El devenir siempre nos ha dado la razón: cuando el precipicio está cerca y estamos a segundos de caer en él, el pueblo elige la vida.

Las sociedades no se suicidan, pueden ser influenciadas, pero no buscan su aniquilación.

Hoy vivimos un momento tan especial como nunca nos tocó,hoy estamos en ese tiempo bisagra donde nos hacemos fuertes, elegimos luchar por lo que enaltece el espíritu humano que es el amor.

Abrazar al país.

Conectarnos con cada uno que sienta y piense parecido haciendo la muralla humana imposible de destruir para mostrarle al odio que nosotros y él no tenemos nada que ver.