¿Quién legitima nuestra identidad?

Por Maia Cubric*

En octubre, la ciudad de La Plata, será la sede del 34º Encuentro de mujeres y disidencias. Pese a estar a poco más de un mes de su realización, el debate transversal aún no está saldado. Por un lado, están quienes sostienen que el Encuentro debe seguir solapado al concepto de nacionalidad. Por el otro, quienes pretenden incluir a las diversas plurinacionalidades que conforman nuestro territorio. Esa, es la brecha.

Para los seres humanos, pocas cosas nos son tan intrínsecas como la identidad. Esta pequeña palabra, que para cada persona esconde un mundo y una caracterización del mismo, es constituyente de nuestra propia sustancia. La identidad no es sólo un nombre para manejarnos en la sociedad. La identidad son todas las características y creencias que nos atraviesan y nos conforman tal cual somos ¿Cómo llevar a cabo, entonces, un encuentro que se embandera de lucha, aislado del reconocimiento o derecho a la identidad de las personas que lo conforman?

A pesar de parecer arcaica o involucionada, esta discusión, es la que se da sábado tras sábado en las reuniones de comisión o plenarias. Parece ser, que la disputa por liderar este evento, supera por mucho la convicción de construir realmente desde una perspectiva feminista. Entonces, quienes se plantean como nacionales, la comisión organizadora del Encuentro, se proclaman en contra de modificar el nombre del mismo. Pretenden que un evento de esta masividad, y en movimiento constante (porque el feminismo se está construyendo y deconstruyendo todo el tiempo) sea hermético y se estanque en el concepto Nación.

Estas mezquindades que presentan diversos partidos y organizaciones, son la prueba de que sólo buscan hegemonizar y perpetuarse como la palabra legítima de la organización. Pero hay una mala noticia para estos sectores: el feminismo no es una sola cosa, no se expresa en su totalidad y de una sola forma, y si hay algo que aprendió con el paso de los años, es que luchando se derriban las barreras de exclusión y violencia que sufrimos las mujeres y disidencias desde hace siglos. 

Ser parte de una sociedad colonizada, nos exige reivindicar la lucha de los pueblos originarios por el reconocimiento aún con más vehemencia. Y en materia feminismo, nos obliga a ejercer la sororidad con nuestros pares. Tanto es así, que la modificación del nombre de este evento, trae consigo la inclusión de quienes históricamente han sido marginados. Es preciso entonces, entender al lenguaje, a las palabras, como claves en la concepción y la construcción de nuestra sociedad. Porque lo que no se nombra no existe y la plurinacionalidad y los géneros no binarios son un hecho que ya no se puede tapar. 

Estamos hablando de un Encuentro que se construye en colectivo y del cual el feminismo es el pilar principal. Cuando situamos esta discusión en el 2019, todo parece una contradicción. Como se señalaba anteriormente, el feminismo no es algo absoluto o tangible: es un posicionamiento y una manera de ver la sociedad y el mundo. Revisar cuál es el feminismo que nos representa y en cuál se enmarcará este fenómeno, es nuestra tarea. Y está claro que un feminismo eurocéntrico, blanco y clasista, es el que hay que romper para que este Encuentro avance. De mínima, porque es ilógico que quienes se proclaman a favor de los derechos de las mujeres y las disidencias, no reconozcan ni su historia ni su origen a un considerable sector participante del encuentro.

En un país con 38 pueblos preexistentes al estado nacional argentino, reducir la multiculturalidad al término nación no es más que un capricho interesado por parte de quienes lo avalan. Y siendo este evento, una organización que determina sus acciones a través del consenso, la discusión atrasa la organización. Teniendo en cuenta la masiva participación de mujeres el año pasado en Trelew (aproximadamente más de 50 mil), es de esperar que La Plata sea una sede que explote estos 12, 13 y 14 de octubre. Por esto, debatir temas organizativos debería ser el eje central y no esta disputa por un nombre que como sociedad deberíamos tener saldada.

Si las mujeres y los géneros no binarios, históricamente hemos sido relegados y castigados por esta sociedad patriarcal-capitalista ¿Qué les queda a los que a además su cultura fue y sigue siendo devastada? El caso de Milagro Sala es el mejor ejemplo de lo que simboliza ser una mujer dirigente, pobre y originaria. Que esté presa, denota el peligro que representa para el orden de lo preestablecido, de lo legítimo. Que no todas las organizaciones se embanderen por esta lucha, demuestra la exclusión hacia los pueblos originarios, que hoy se hace carne en el debate del Encuentro.

Que los pueblos originarios sigan excluidos, no es una cuestión de días. De hecho, si todavía existen, es por una resistencia de la que el feminismo tiene mucho que aprender. No nos olvidemos que estos pueblos resistieron a siglos de masacres y hoy resisten, no sólo a la expropiación de sus territorios, sino también a la desvalorización, invisibilización y estigmatización de una parte de la sociedad.

Existe un legado cultural impuesto que reproduce ideas que deslegitiman a las culturas preexistentes y en las que sólo se reconocen como válidas a las eurocéntricas. José Martí, resumía esta disputa en pocas palabras: “No hay batalla entre civilización o barbarie, sino entre falsa erudición y naturaleza”. Como luchadoras, en el sur de un continente que por siglos fue y sigue siendo saqueado y del cual quisieron borrar cualquier expresión cultural que confronte con lo blanco, masculino, rico y eurocéntrico, ser plurinacionales es un acto revolucionario.