Rodrigo Coronel: “Si la escena pública está llena de incógnitas, hay una certeza inconmovible: la oposición no colabora”

Gentileza de Revista Trinchera

Revista Trinchera dialogó con el periodista, politólogo mexicano y editor en jefe de la Revista Algarabía, Rodrigo Coronel, quien analizó cómo está enfrentando México la situación de pandemia del COVID-19.

¿Cuál era la situación general del país previa a la aparición de la pandemia?

México estaba polarizado. Y sigue igual. Las posturas de la oposición al presidente López Obrador frisaban en lo neurótico, lo absurdo. Cada día, desde ciertos círculos políticos, alentados desde las cañerías del rencor y la nostalgia por el poder perdido, las arremetidas contra el gobierno subían de tono y bajaban en calidad; eran más ruines. El debate público se fue empobreciendo a un ritmo acelerado y de esa espiral pocos se desmarcaban. 

Tampoco hacían algo mucho mejor los que defendían, acríticamente, al presidente. Éstos apenas recurrían a un puñado de manidos argumentos, uno más gastado que el otro. A veces, en medio de la vorágine, se confundían los gritos y desde las dos trincheras terminaban por gritarse los mismos insultos. Era como si la palestra pública se hubiera llenado de gritos y los argumentos de los pocos que querían hablar se fueran apagando poco a poco y apenas quedaran algunos murmullos. 

El vehículo de la oposición cada vez se decantó con mayor intensidad; no eran los partidos políticos –desdibujados desde su rotundo fracaso en las últimas elecciones-, sino algunos empresarios y un puñado de columnistas. 

Luego llegó la pandemia. 

 ¿Cómo caracterizarías la actitud del gobierno nacional para enfrentar al COVID-19?

Irregular, errática incluso. Las primeras semanas de la pandemia estuvieron llenas de mensajes contradictorios. Si un gobierno local, afín políticamente al central, determinaba el quedarse en casa y evitar cualquier salida a la calle, el presidente aparecía en las redes sociales diciendo lo contrario y saludando a un centenar de personas sin protección ni distancia. 

Puede decirse que el mensaje gubernamental tardó en cuajar; la coordinación no fue exactamente eficaz. Tardía podría ser otra de las características que aquejaron a las acciones del gobierno; mientras el virus se desplegaba con inusitada intensidad alrededor del mundo, las palabras del presidente se iban quedando pequeñas e insuficientes, a destiempo y a la zaga. Luego, las cosas tomaron su rumbo, el mensaje se encarriló y el presidente, poco a poco, fue haciéndose cargo de la coyuntura y la comunicación, gracias al involucramiento de Hugo López-Gatell, viceministro de salud, una figura clave en el tratamiento de la pandemia. 

En todo aquél desastre comunicacional de las primeras horas, la oposición hizo su parte, fue tal el nivel de enfrentamiento y polarización al que llegó, que fue difícil discernir una nota real de una falsa. 

 ¿A qué le atribuís la actitud adoptada por el gobierno?

Por un lado, el “estilo personal de gobernar” de López Obrador; por otro, a la maldita circunstancia de la desigualdad mexicana. 

Cada mañana, de lunes a viernes, el presidente sale ante los medios de comunicación de todo el país y dicta agenda, ninguna otra más que la suya. También habla de todo y un poco más. Cuando los chats familiares, las sobremesas y las charlas antes de dormir eran dominadas por el virus, el presidente insistía en sus temas; ello le restó puntos. Luego, cuando habló del problema, lo hizo tan desordenadamente, sin concierto ni estrategia, que su mensaje se perdió entre las muchas otras cosas que también dijo. De ahí la descoordinación y la insidiosa percepción de que las preocupaciones del presidente eran diferentes a las de los ciudadanos. 

La desigualdad económica vino a continuación. Mientras el mundo entero mandaba a la gente a parapetarse detrás de su puerta, en México “aguantaban” la medida. Tenía sentido. Aquí son millones las personas que viven al día, que se buscan la vida en la calle, sin nada fijo, a la buena de Dios. Clausurar la calle era igual a cerrarles el grifo del dinero y que se las apañaran como fuera. No era una decisión sencilla. La disyuntiva sigue siendo la misma. 

La cuarentena tiene visos de privilegio. Se encierran los que pueden, se la rifan todos los demás. Al final, otra vez, tiene que ver con los pesos y los centavos. La desigualdad sigue siendo la misma cabrona que enluta una casa y a otra la deja en paz.

¿Qué efectividad considerás que tienen las medidas adoptadas?

México ha abordado la pandemia de otra forma. Parece apostar a otras variables; tanto que durante un buen tiempo se abstuvo de aplicar pruebas de Covid-19 y desaconsejó el uso generalizado de cubrebocas, con algunas excepciones. Fueron a contrapelo del resto del mundo. Sinceramente, aún es temprano para saber si lo que hicieron, hablando estrictamente del sector salud, será eficaz o un desastre. 

Naturalmente, los opositores al gobierno predicen, casi con morbosa delectación, un apocalipsis; los seguidores de éste apuestan a un final casi feliz –todos dan por sentado una complejidad sin precedentes-. Ya se verá si fueron genios incomprendidos o burócratas irresponsables.

¿Cuál ha sido la actitud de la oposición en esta situación? ¿Actuaron con prudencia y colaborando a mejorar o aprovecharon para golpear al gobierno?

El gobierno no cuenta con la oposición. Si la escena pública está llena de incógnitas, hay una certeza inconmovible: la oposición no colabora. A diferencia de otros países en el mundo, que han encontrado como imperiosa la necesidad de convocar a una tregua política, en la realidad mexicana esto es más bien ingenuo, incluso ridículo. No recuerdo un sólomensaje de colaboración  o respaldo de la oposición para el gobierno. Al contrario, sólo saetas y críticas aviesas. 

Pero, para ser justo, nada o muy poco esperamos de esa clase política. Su descrédito es lo suficientemente definitivo como para que ellos mismos cancelen su redención pública. 

¿Cómo repercutió este nuevo escenario en la economía nacional?

Pongámoslo así: el FMI dice que la economía mexicana caerá 6.6%; el propio gobierno mexicano estima que la caída será del 3.9%. Según la ministra de Trabajo, Luisa Alcalde, del 13 de marzo al 6 de abril, en México se perdieron 346 mil 878 puestos de trabajo, poco más de los que se crearon en el 2019. 

En buen mexicano: se ve de la chingada.

¿Cómo repercutió la pandemia en el día a día del pueblo?

Los atascos viales, las aglomeraciones y el transporte público eran la normalidad de las ciudades mexicanas. Nada de eso queda. En la Ciudad de México, por ejemplo, ya no hay ese tránsito agobiante; tampoco vagones de tren a reventar, ni personas en tránsito. Es decir, ya nadie compra y pocos venden. El frenón económico ha sido brutal.

Son los pequeños negocios los más afectados; esos, precisamente, que iban al día. En vista de esta repentina dinámica, la improvisación ha sido su mejor aliada. Hay iniciativas dispersas que procuran la adquisición de productos fuera de las líneas de distribución de las grandes transnacionales; así, en algunos casos, se prefieren los mercados populares a los grandes almacenes, los restaurantes locales a las cadenas de comida rápida. En fin, una suerte de supervivencia comunitaria que se deja sentir en las ciudades. 

¿Cuál es la percepción en las calles tanto de las medidas como de la situación cotidiana?

Tanto en las grandes debacles, como en los acontecimientos inéditos, el sentir popular mexicano suele ser de descreimiento. Un sentimiento, más que una creencia, de que todo es sólo una gran tomadura de pelo.  No es una certeza fincada desde la racionalidad, sino una pulsión subconsciente, automática, de desconfianza. 

Para muchos, para más de lo que nos gustaría aceptar, el Coronavirus es una triquiñuela, algún peldaño en la escalera de un plan mayor, más complejo y exquisito, de fines desconocidos pero mezquinos. Un arreglo inconfesable de los de muy arriba para perjudicar otro plan, igualmente complejo y enrevesado. 

Injusto sería decir que esta es una intuición mayoritaria, pero sería una mentira prescindir de ella para explicar la displicencia con la que algunos se toman la pandemia. En México, todos tenemos un tío o una tía a la que hemos escuchado decir: “Eso del Coronavirus es puro pedo, ¿cuántos conocidos tienes que se hayan enfermado?”. 

No obstante, al margen de la cultura de la sospecha, pocos se han escapado de los rigores del momento. Entre despidos y reducciones del ingreso, la “conspiración” tiene su dosis de realidad. 

¿Qué rol están jugando las FFAA en esta particular situación?

Para un gobierno que ha hecho de las fuerzas armadas una aliada insustituible, su participación ha sido más bien anecdótica. Apenas algunas intervenciones de sus generales respaldando el plan del gobierno en lo que haga falta. En esta coyuntura, el protagonismo está en otra parte: los servicios de salud. 

¿Cuáles crees que serían las medidas más urgentes que debería adoptar el gobierno en este contexto, entendiendo las particularidades del país?

Dos, con urgencia. Fortalecer los servicios de salud, históricamente pauperizados por el neoliberalismo y la obsesión psicótica de sus gobiernos, y disipar las nubes negras que se ciernen sobre la clase media. 

Los servicios de salud se perciben débiles, maltratados por malos manejos previos y su sistemático desmantelamiento. Se sabía, naturalmente, de su insuficiencia y difícil situación; en realidad, para nadie ha sido una novedad el hecho de que profesionales de la salud salgan de sus hospitales y marchen para exigir el equipamiento necesario para cumplir con sus funciones. No es una novedad, claro, pero no deja de ser preocupante percatarse, con descarnada precisión, la vulnerabilidad de nuestro sistema de salud. Pero, para ser justos, ninguno estaba preparado; esa, quizá, sea la más descorazonadora conclusión de esta coyuntura. 

Para las clases medias, las cosas no son mejores. Sus fuentes de trabajo peligran y, peor aún, están ausentes del discurso del gobierno. Toda una generación de pequeños y medianos empresarios se enfrenta casi desnuda a lo que, se mire por donde se mire, es una debacle económica que será particularmente sañosa con su endeble constitución. Al menos en esto, el gobierno ha asumido un elocuente silencio: su prioridad no está aquí. La agenda, como ya se dijo, no es otra más que la del presidente; las demás pueden esperar. Pero en este rubro, no todo está dicho.