Salvar al capitalismo de los capitalistas

Por: Lic Alejandro Marcó del Pont

El mayor peligro para la mayoría de nosotros no radica en establecer unos objetivos demasiado altos y fracasar pronto, sino en establecer unos objetivos demasiado bajos, y lograrlos” Miguel Ángel

Una década después de la crisis financiera, el capitalismo es responsable de una variedad de enfermedades sociales significativas: desigualdades del ingreso, desempleo, endeudamiento, falta de crecimiento, cambio climático. Existe una sensación, sobre todo en Estados Unidos y algunos países europeos, que el descontento se está extendiendo en gran medida entre los jóvenes. Según la última encuesta de Gallup, el 40% de los estadounidenses consideran que el socialismo sería algo bueno para Estados Unidos. (Four in 10 Americans Embrace Some Form of Socialism).

Las ideas para modificar estas tendencias, o salvar al capitalismo de los capitalistas, son múltiples y variadas, pero en este trabajo haremos referencia a las que, si bien son conservadoras, dejan las iniciativas económicas latinoamericana con 200 años de atraso. Los países de Sud América ni siquiera contemplan las medidas económicas conservadoras del propio Estados Unidos, como: El Patriotismo Económico de los demócratas, encabezados por Elizabeth Warren, de dudosa procedencia marxista, las limitaciones a las facturas energéticas de los conservadores británicos, sus políticas de desarrollo o la creación de un Banco de Inversiones de Escocia o el capitalismo progresista de Joseph Stiliglitz.

Esta idea de pérdidas de movilidad social, o cualquiera de los fenómenos económicos descritos con anterioridad, encuentran en las propuestas de solución iniciativas que le pierden el miedo a la intervención estatal, a la regulación gubernamental, al Estado emprendedor, pero edulcorando las palabras, no las disimula, aunque marcando el camino de un relato que las dejará expuestas.

“No se trata de más Estado o menos Estado, sino de ¿para quien trabaja el gobierno?” Esta pregunta de Elizabeth Warren genera el disparador inicial de las ideas que se encuentran detrás de las propuestas. Joseph Stiglitz describe en un artículo “Por un capitalismo progresista” algunas de las sensaciones de la población americana para las que estas dirigidas las propuestas, con ayuda de economistas del viejo continente, que podrían mostrar una camino alternativo en lo operativo y discursivo a las propuestas de nuestro país.

El economista americano entiende que tanto la rebaja de impuestos a los ricos, la financiarización y la globalización fueron vendidas como mejoras para todos, pero con sus resultados se garantizaron menores tasa de crecimiento, perdidas laborales, concentración del ingreso o, como resumen, desindustrialización, polarización y destrucción de la clase media, lo que aplica a América Latina.

Se distinguen varios temas importantes en el artículo. El primero es que el mercado, que todo lo domina y asignaba a los agentes económicos beneficios individuales, y cuya sumatoria generaba riqueza social, se cayó del pedestal. El individualismo y la no intervención confundieron la extracción de riqueza de la creación de riqueza. “Personas y corporaciones pueden hacerse ricas apelando al poder de mercado, a la discriminación de precios y a otras formas de explotación, sin hacer ningún aporte a la riqueza de la sociedad. Por el contrario, suele ocurrir que esa conducta empeore la situación del resto”.

El Estado ya no solo no es un engendro sino que como, bien define Stiglitz, a pesar que las regulaciones tengan mala prensa, es una cuestión de apreciación. Desde el 2008 a la actualidad no fue el exceso de presencia del Estado en la economía lo que causó los desmanes, sino su insuficiencia. Empezamos a entender que un semáforo es una regulación, pero evita congestionamientos, y no nos parece tan malo.

Con la misma lógica de la intervención reaccionan los demócratas en su propuesta de Patriotismo Económico, y esta vez el hilo conductor del pensamiento va por los mismo carriles que Stiglitz, aunque más del lado de Mariana Mazzucato, profesora del University College London y autora del libro El Estado emprendedor.

Elizabeth Warren expone el segundo concepto, que especifica como falta de las virtudes o defectos del mercado. ¿Por qué se puede intervenir la economía para ayudar a Wall Street y es tan difícil hacerlo para mejorar la vida de los trabajadores? Bien, la respuesta que se desprende de la candidata demócrata es que no hay mercado, que las grandes compañías son las dueñas absolutas, y les interesan las ganancias de corto plazo para sus accionistas, los cuales, en un 33%, son extranjeros. No les importa cerrar fábricas y producir en el extranjero si ganan unos centavos más. “Levi’s es una marca icónica estadounidense, pero la compañía opera solo el 2% de su producción en Estados Unidos.” (Un plan para el patriotismo Económico)

El fin de las excusas para la intervención y participación pública es un buen incentivo. La globalización fue una idea nuestra para darle más ganancias a las grandes empresas. El mercado está concentrado, y aunque saben que hablan de monopolio, disimulan su nombre. El otro argumento para la pérdida de empleo o el estancamiento salarial fue la automatización, la tecnología, las fábricas no necesitan más trabajadores, la productividad aumentó. Lo cierto es que estudios demostraron que no hay evidencia que la productividad haya causado la perdida de empleos relativa o absoluta de la industria manufacturera americana. Alemania tiene 5 veces más robots que EE.UU. y no ha perdido empleo (German Robots – The Impact of Industrial Robots on Workers).

“Desde nuestros acuerdos comerciales hasta nuestro código fiscal, hemos alentado a las empresas a invertir en el extranjero, enviar trabajos al extranjero y mantener bajos los salarios. Todo en el interés de servir a compañías multinacionales y capital internacional sin una lealtad particular a los Estados Unidos.”

En la propuesta demócrata llama la atención el desplazar al Departamento de Comercio por un Departamento de Desarrollo Económico que incluirá a la Administración de Pequeños Negocios (Pymes), al igual que el Banco de Inversiones de Escocia. El banco británico deja especificados sus límites, más allá del apoyo a la Pymes. No competirá con la banca privada, servirá de complemento al financiamiento y se cuida y remarca que su función es corregir las “fallas de mercado”, cuando en realidad se está refiriendo a la falta de riesgo en la inversión, porque a la banca privada quizás no le resulte financieramente rentable impulsar un sector. Si bien estos no son el BNDES de Brasil, Argentina debería, y la Provincia de Buenos Aires más, tener un banco de Desarrollo/inversiones, o como se quiera nombrar.  

Las miradas sobre la I+D, tecnología, Inteligencia Artificial, son coincidentes las del Reino Unido y la propuesta demócrata, por que provienen de la misma matriz, y muy apartada, por cierto, de los iniciativas del ejecutivo argentino de terminar con el desarrollo de los satélites o despojar de computadoras y conectividad a los alumnos del secundarios.

A finales de 2017, el gobierno del Reino Unido, liderado por los conservadores, revisó su política industrial y estableció cuatro “grandes desafíos”: poner al Reino Unido a la vanguardia de la Inteligencia Artificial y en la revolución de los datos; utilizar la innovación para ayudar a satisfacer las necesidades de una sociedad que envejece; liderar el cambio global hacia un crecimiento limpio, y dar forma al futuro de la movilidad.

Unos meses después la UCL (Commission for Mission Oriented Innovation and Industrial Strategy) publicó un informe al que se puede acceder por este vínculo, con algunas sugerencias y enfoques a adoptar, por ejemplo, el desafío del crecimiento limpio, “reducir al menos a la mitad el uso de energía de los edificios nuevos para 2030”. El desafío de la Inteligencia Artificial y los datos tiene la misión de “transformar la prevención, el diagnóstico temprano y el tratamiento de enfermedades crónicas para 2030 y de la vejez, etc.

Si los gobiernos se involucran más en las primeras etapas de la investigación y la innovación, hay un inconveniente obvio: el riesgo. Por cada innovación exitosa, hay muchos más fracasos. El Departamento de Energía de los Estados Unidos garantizó préstamos por muchos millones de dólares tanto para Tesla como para Solyndra. Uno todavía existe hoy y es exitoso, el otro se declaró en quiebra en 2011.

Suelen ventilarse grandes escándalos sociales cuando las inversiones públicas salen mal, y cuando van bien, ARSAT, por ejemplo, son disimuladas, los beneficios son indirectos o no palpables para la sociedad. La idea argumenta que las recompensas deberían ser mucho más explícitas. Si el sector público es crucial para los principales desarrollos tecnológicos, entonces el público debería obtener una mayor participación en las recompensas. Los votantes estarán más dispuestos a aceptar los fracasos (inevitables) si ven que esos son compensados con éxitos importantes.

Si bien es cierto, como explica Mariana Mazzucato y lo expone Elizabeth Warren, el caso iPhone debe su éxito a los desarrollos estatales de internet, banda ancha, GPS, sistema Siri, etc., se propone que los logros estatales sean compartidos y comercializados por los privados sin interferir con sus beneficios, pero que una parte, acciones o capital, sigan perteneciendo al Estado, el know how, los derechos de propiedad, los préstamos contingentes, el acuerdo de limitación de precios. La idea es que sociedad sienta tangible su pago de impuestos.

Sobre esta base, El Patriotismo Económico es una visión particular. Cuando los estadounidenses, a través de desarrollos estatales, inviertan en I+D mediante los impuestos y las empresas lo tomen, esta investigación debe contar con alguna restricción de producción en el extranjero, cuando fue subsidiada internamente.“La producción derivada de la investigación financiada con fondos federales debería tener lugar en los Estados Unidos. Si las inversiones de los contribuyentes en I + D conducen a nuevas ideas y productos, esos productos deben hacerse aquí. El gobierno federal ya incluye este requisito en algunos de sus programas, pero debería ser un requisito estándar, en ausencia de circunstancias verdaderamente extraordinarias.”

Por último, se propone que los fondos de la I+D sean federales, que se plantee una imagen de desarrollo regional, tratando que las nuevas tecnologías no sean producto de concentración en lugares costeros, en franca alusión a Silicon Valley, sino en varios estados americanos.

Resulta profundamente desalentador que unos días antes de las elecciones, estas propuestas de países, algunos con francos desequilibrios, y más allá que sean del primer mundo, sigan teniendo, aún y con el Brexit en puerta, ideas para seguir a la vanguardia de la humanidad. Tener en mente la idea de seguir participando en las nuevas revoluciones industriales, intentar quedar dentro del mundo, mientras que quien nos dicen que estamos fuera del mundo nos llevan a la edad de piedra con sus políticas o nos atrasa 200 años con sus propuestas económicas.