Situación en cárceles: desde una mirada feminista (anti) punitivista.

Por Camila Marcó del Pont

Durante la última semana presenciamos diferentes debates sobre las políticas implementadas para descomprimir la población carcelaria; medida aplicada en todo el mundo como respuesta a las circunstancias excepcionales que nos toca vivir por causa del covid-19. Desde su formulación por parte del gobierno (en base a recomendaciones de organismos internacionales), gran parte de la sociedad desató su rabia punitivista.

El disparador de la campaña sobre una liberación imaginaria de presos, fue el reclamo (mal llamado motín) del viernes 24 de Abril en el penal de Devoto (referencia de otros), donde se habían detectado dos casos de covid-19 entre celadores y trabajadores de la salud. Si bien los detenidos venían reclamando desde mucho antes medidas sanitarias y de higiene, sumaron ahora al pedido la aplicación de los criterios establecidos por la Cámara de Casación Penal Federal para conceder prisiones domiciliarias debido a la pandemia.

Frente al problema sanitario en las cárceles nos enfrentamos a una enorme oleada de “fake news”, campaña sostenida por los medios hegemónicos de comunicación, y reproducida por la desinformación generalizada de la sociedad argentina.

Antes esto es necesario aclarar (informar): Ni el Poder Ejecutivo ni en el Poder Judicial habló de liberaciones, sino de posibles prisiones domiciliarias. Es falso que existe un plan del Gobierno de la provincia de Buenos Aires para “liberar masivamente presos”, ¿sabes por qué? Porque el Poder Ejecutivo no encarcela, ni libera, ni decide libertades condicionales, sino que lo hace el Poder Judicial.

También son incorrectas las afirmaciones de liberaciones a gran escala, ya que, sólo saldrán bajo prisión domiciliaria quienes no hayan cometido delitos violentos, teniendo en cuenta que una de las mayores causas de sobrepoblación de las cárceles se basa en que el 48% de los detenidos están procesados y no condenados. 

El Servicio Penitenciario Federal (SPF), tiene alrededor de 14.000 internos, internas e internes, de les cuales 1.227 egresaron a partir del 16 de marzo por: cumplimiento de penas, libertad condicional o asistida. Solo fueron 320 internos (26%) quienes recibieron prisión domiciliaria por razones ligadas a la pandemia. 

En cuanto al Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB), donde hay cerca de 50.000 personas, con una sobrepoblación de 110%, entre el 17 de Marzo y el 17 de Abril hubo 2.200 egresos: 1.601 tenían la pena cumplida, o les correspondía la libertad condicional o asistida; 599 fueron prisiones domiciliarias ligadas a factores de riesgo de contraer coronavirus, el resto no tiene relación con el virus. 

La pandemia es una crisis que nos afecta tanto a nivel mundial como nacional, de hecho son muchos los países que ya concedieron prisiones domiciliarias e incluso libertades, ya que el contagio masivo en cárceles es un hecho. Podemos poner como ejemplo a Ohio, en Estados Unidos, donde 2000 de 2500 internos tienen coronavirus. 

Intentando diferenciarnos un poco de  la falsa información generada por los medios hegemónicos de comunicación, podemos ver que sólo en el Estado de California salieron más de 5000 presos, en Francia 10000; en Reino Unido 4000; en España 4000 y la lista puede seguir. Países en los cuáles las medidas sanitarias adoptadas para las personas privadas de su libertad no fueron siquiera cuestionadas. 

Es claro que la movida mediática producida por los medios amarillistas marca tendencia (nuevamente) en nuestro país, con el fin último de desviar el foco de la votación del impuesto a las grandes riquezas, creyéndose con la potestad de decidir e incluso reclamar quienes son las personas que pueden (o no) acceder a ciertos derechos. 

Retomando a la filósofa estadounidense, Judith Butler, en su libro “Marcos de Guerra” (2009), solo reconocemos ciertas vidas como humanas y reales, vidas que merecen “ser lloradas”. Esto ocurre porque existen esquemas conceptuales que controlan lo que somos capaces de reconocer, los medios de comunicación cómplices pueden convertir una vida en otra cosa. Si nos hacen creer que la vida de alguien era una ‘amenaza para la vida de los demás’, entonces no reconoceremos esa primera vida como tal. La clave está en entender que toda vida humana es igualmente valiosa y debe ser reconocible como tal, independientemente de las circunstancias políticas que la rodeen.

Hay sectores de la sociedad que levantan su voz y critican las medidas para descomprimir las cárceles frente a la pandemia. Sin embargo, al parecer, es necesario recordar y aclarar que los presos son personas y es responsabilidad del Estado reconocer sus derechos. Las cárceles no pueden seguir siendo depósitos humanos. 

El sistema penitenciario no está lleno de grandes narcotraficantes, ni violadores, ni asesinos. Atrapamuros relevó que la inmensa mayoría de las personas privadas de su libertad cometió delitos por supervivencia y los responsables de delitos sexuales ocuparían solo un 11,3%. Como siempre son las clases más humildes las que pagan los platos rotos, donde la criminalización por portación de cara, de barrio, de trabajo es moneda corriente. 

Problemáticas estructurales que repercuten en el hacinamiento que pone en emergencia el sistema carcelario hoy.

Por otro lado, la supuesta liberación masiva de presos por delitos sexuales y feminicidios trajo nuevamente la discusión acerca del vínculo entre punitivismo y feminismo. “El feminismo ha muerto” fue la consigna que devino tendencia en redes sociales y disparó una serie de opiniones y discusiones.

Es menester aclarar, nuevamente, que el feminismo es plural, contradictorio y dinámico, como cualquier movimiento social, e incluye proyectos y opiniones con las que algunes pueden no estar de acuerdo. El machismo y el punitivismo son productos del sistema capitalista en el que vivimos. Mientras que por un lado el machismo suma feminicidios, el punitivismo acumula personas tras las rejas en condiciones inhumanas.

Las violaciones, los feminicidios y todas las violencias machistas tienen su origen en un sistema que nos oprime y nos mata desde hace siglos.

El violador no es un caso aislado, sino producto del sistema patriarcal, colonial y racista. Ser feminista y no punitivista, es pensar que los cambios deben ser estructurales y culturales. Es implementar la prevención como principio fundamental: construir redes, organizarnos, y vencer a un sistema que nos quiere oprimides, sumises y callades.