Un país en un andamio roto

Jorge Giles ·

Me pregunto en qué estaría pensando Bulacio cuando sintió que el andamio se movía bajo suyo.  

No me puedo caer así nomás, habrá pensado.

No puedo dejar sin obra social a mi pibe que viaja a Mar del Plata para las Olimpiadas.

No puedo creer que me esté pasando justo a mí.

Los compañeros me habían dicho que corríamos peligro trabajando así.

Es que el presidente vendrá a inaugurar la obra el lunes y hay que terminarla como se pueda.

Además el contratista es su hermano del alma y no puede quedar mal ante su amigo, el presidente.  

No me puedo caer así nomás.

Mi mujer me dijo varias veces que me cuide y que si debo renunciar lo haga antes que pase una desgracia.

Nos vamos a arreglar igual, José, me dijo.   

¿Será esta la desgracia que ella presentía?

El andamio roto de Ezeiza es una metáfora de este país destruido por el neoliberalismo.  

Tiene todos los componentes de la tragedia argentina iniciada el primer día que Macri bailó grotescamente en el balcón de Perón y Evita.

Trabajadores en estado de precariedad absoluta, muertos y heridos.

Empresarios socios del presidente forrados en dólares.

Familiares de ministros encumbrados en la compañía de Aeropuertos.

El ministro del área que se come un asado en la obra días antes de la muerte de Bulacio y los alienta a trabajar de noche y de día para terminar a tiempo una plataforma que servirá de escenografía al presidente que además de presidente es candidato en campaña; usted me entiende Bulacio. Y le hace un guiño.

Un sindicato que advierte que iba a ocurrir una desgracia si no paraban la obra y una autoridad oficial que advirtió lo mismo pero nadie en el gobierno les llevó el apunte porque había que terminar la construcción antes que empiece la veda electoral para inaugurar las obras de Mauricio, Horacio y María Eugenia.

El andamio roto es la imagen cruel de un país roto. Un pueblo roto. Una nación rota.

Estos tipos rompieron la condición humana el día que sellamos nuestra suerte como sociedad,  votándolos.

Vinieron para eso. Ojalá nadie olvide.

Negros de mierda, nos decían, se creyeron que el país peronista les iba a durar para siempre.

Creyeron que tenían asegurado el salario, el empleo, el hospital público, la escuela, las vacaciones, las jubilaciones, el asado del domingo, las tarifas subsidiadas.

Creyeron que el amor de una yegua montonera era más fuerte que el odio oligarca que se cotiza en bolsa y el odio vale más, mucho más, como las letras del tesoro fugando en bicicletas de la city porteña.

Vinieron para eso.

Para que sigan cayendo los andamios de la historia y enterremos para siempre esas locas ideas del país populista de paz, pan y trabajo, de memoria, verdad y justicia, de tierra y vivienda para todos y todas.

Hay una calma chicha en el pobrerío y no hay incendio social sólo por saber que podemos cambiar el rumbo el 27 de octubre.

Pero no hay euforia en las calles.

No hay un mango partido al medio para darse un gustito, algunos; para llenar la panza, millones.

Hay una tristeza colectiva contenida.

Hay esperanzas, es cierto.

Y ojalá esta vez la unidad sea un camino de ida.

Pero también hay desconfianza y habrá que saber revertirlas desde el primer día del próximo gobierno.

Hay emboscadas tendidas en cada esquina, en cada radio, tv, diarios, los medios poderosos y maliciosos. Habrá que ser muy cuidadosos para no hacerles el juego a los que están esperando que digamos algo que sirva de señuelo para dejar de hablar de Bulacio y de todos los Bulacio que se siguen cayendo del andamio roto de un país destrozado.

Cuidemos la esperanza. Aún está en la cuna.

Que así sea.